ALE SAGUÍ

(por Claudio Dobal)

 

Cuando se ingresa a la poética de Ale Saguí desde el ejercicio de la lectura, no se puede dejar de intuir que allí falta algo; que hay una información necesaria que los poemas impresos no dan, que escatiman a propósito, y que pareciera querer dejar al lector en un lugar un tanto incómodo. Inicialmente incómodo, tal vez. Frente a la utilización de un lenguaje que raya lo infra-cotidiano (que se construye desde el diálogo cotidiano y abunda en sintagmas que resuenan a frases hechas y lugares comunes de la infancia), la profusión de los blancos en las páginas, la diagramación de los poemas, la presencia de palabras en desuso (o de aquellas inventadas, amalgamadas a partir de otras), dan a los textos la apariencia de algo estratégicamente incompleto que se va construyendo en cada lectura.
En cierto modo, al leer los poemas en papel uno no puede dejar de apreciar el recorte metódico de los diálogos, en el que se acalla sistemáticamente la voz del poeta. Porque es el yo que escribe el yo que no habla, quitándose centralidad en la conversación. El yo poético, en un acto de registro casi periodístico, se establece como quien está atento, que ante todo escucha y anota y luego construye dejando esos espacios vacíos para que uno, el lector, incorpore sus respuestas, sus participaciones y sus experiencias.
Porque más allá de lo preciso de las notaciones, la poética de Saguí no busca enseñar (referir) nada: es una escritura que no se carga con información objetiva, y datos precisos que obliguen a comprender los poemas como fragmentos de un viaje de descubrimiento, manual de uso, o descripción técnica. No. Todo lo contrario: sus textos parecen ser un paseo, un retornar a los caminos que todos transitamos alguna vez. Una caminata que se hace por el lenguaje en su uso más íntimo, y que aún en sus singularidades puntuales, resuena en cada oído como ecos de algo ya vivenciado por todos.
Un eco que, y en paralelo a la experiencia de la lectura, la poética de Saguí también propone. Porque a Ale Saguí hay que escucharla. Hay que escucharla leer, recitar, cantar, sus poemas. Hay que verla jugando con las palabras que ya en el texto son también parte de un juego.
Porque más allá de que cada lectura sea única, y cada lector rellene esos espacios con lo propio, es un espectáculo en sí mismo, una experiencia paralela, el poder ver de qué forma ella misma, con esa voz que no aparece como voz, resuelve sus propios blancos, e imita esas otras cadencias de frases sin terminar y palabras pegoteadas. De qué manera la palabra dialógica se presenta como palabra música, y pasa a conformarse en estribillos, en loops sobre los que se van agregando nuevas pistas sonoras. Hay que ver, escuchar, de que forma eso que pareciera en el papel algo tan apegado a la tradición de la palabra familiar, se transpola, con la performance de Saguí, en un simulacro de la música electrónica, de una rave en miniatura donde el sonido termina por invadir, dominar el significado.

¡Cómo se nota
vienen los días lindos!

tan todos
de par en par

vienen por oleadas
como si entabláramos una misma

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