MAXI POZZER

La narrativa 2.0 es todo un tema.
A medio camino entre lo literario y lo confesional, entre la posautonomía y las escrituras del yo, los textos que buscan relatar para compartir en la red pueden resultar tanto un objeto de estudio académico como una distracción adictiva. El tema es saber diferenciar los límites propios, los de la lectura y recepción, y a la vez entender que esos mismos límites pueden ser difusos (por opción u omisión) para el otro, para quien escribe y comparte.
Antes (si es que vale ese “antes” cuando uno habla de tan pocos años) el blog era el espacio virtual, la plataforma en donde esa marea de escrituras se materializaba. Un espacio, vale decir, que por sus mismas características de presentación y búsqueda en la red, delimitaba con cierta claridad, y también desde lo estético, la apuesta poética de quien fuera el que lo sostuviera. El blog, por así decirlo, era casi por definición el espacio dilecto para llevar un diario de escritor, un lugar para la crónica y la experimentación, un periódico para practicar y criticar literatura.
Hoy, ese espacio en ruinas es solo un reducto para nostálgicos. Al pobre blog las otras “redes sociales” le han arrebatado el poder y el espacio. Pero en esa conquista, se ha perdido esa cierta especificidad que lo caracterizaba. Digo, ¿cuándo hay un cuento y cuándo hay un estado en facebook? ¿Cuándo una oración es escrita al pasar y cuándo es algo que busca formar parte de un relato, de un poema, o de una antología de frases? ¿Cuándo está la necesidad o el ejercicio de la escritura, y cuándo la costumbre del hacerse ver? Y más aún, ¿quién define eso: los comentarios recibidos, las veces que se compartió la nota, o los “me gusta”?
Maxi Pozzer (uno de los lectores invitados al Nubosidad Variable #3edición como adelanto del Primer festival Narrativa Bahia Blanca) es un hijo dilecto de este estado de la cuestión.
Más cerca de los canales de youtube, del instagram, que del blog y hasta del twitter, sus escritos presentan características que los hermanan con toda la producción de su época: textos que están a medio camino del relato y del poema; que tienen un ritmo que los acerca al hiphop o al rapeado; que se permiten mezclar tanto la crítica social como el desnudar las emociones del día a día.
Textos que, entre la nota y el estado, retoman (casi como lo hicieron los escritores de los blog, nacidos y criados con las bibliotecas de compactos anagrama) las escrituras de la traducción, del realismo sucio, de las canciones de historias tristes. Pero que también no temen caer (y quizá esto tenga que ver con una vuelta a estadios anteriores, quizá solo se trate de una relación más desprejuiciada con la literatura en general) en ciertas frases grandilocuentes que, pareciera que sí, pareciera que no, buscan en el otro la confirmación de una verdad existencial.
Los textos de Pozzer son obras en construcción, como casi toda la narrativa 2.0 de redes sociales. Son escritos que, aun luego de publicados, tienen el germen de la modificación posible. Son narraciones que prestan oídos a los comentarios y a los me gusta, a la red que se comparte con los lectores. Es una escritura con rasgos autobiográficos, sin duda, pero que no olvida sus pretensiones literarias, y que busca constantemente, y nos permite participar de esa búsqueda, la precisión de la palabra justa.
Un estado de Face:
Abrió su piel, desgarrando su ombligo, dirigiéndose hacia su cuello. Una vez todo su vientre y pecho se expusieron sin capa alguna, sacó del medio los músculos, aquellas fibras de carne y grasa, quebró los huesos de las costillas, apartó todo conducto sanguíneo, escavó hacia su izquierda, y una vez encontrado su corazón, evaluó con sus propios ojos los daños producidos por aquella persona. Su corazón estaba sano. No entendió entonces por qué se sentía así. Decidió seguir otra hipótesis y abrirse el cráneo. Pero su vida no duró para llevar la prueba acabo.

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