Bestiario, de Natalia Canova: la ternura como resistencia colectiva

(Valeria Mussio)

Tatuaje

La gente se tatua
amor
en los nudillos

Yo soy como ese dedo gordo
que no puede ser parte del amor
solo mirarlo desde afuera.

Natalia Canova – Bestiario

“¿Qué significa ser una persona?” y “¿Cuáles son los límites para entrar en ese envase?” son dos preguntas que siento que atraviesan Bestiario, el libro de Natalia Canova. Son dos pregunta que a mí particularmente, y creo que a la gran mayoría de lxs sujetxs que intentamos subsistir en una sociedad capitalista y patriarcal, nos interpelan directamente, nos persiguen en nuestra vida cotidiana. Qué es lo que tengo que ser para que me acepten/ Qué más puedo cambiar/ Acaso hay lugar para mí acá/ Por qué no puedo ser eso que todos esperan de mí. Interrogantes que asfixian, que limitan, que prácticamente nos acosan, mientras nosotros nos articulamos en esa tensión que significa ser nosotrxs mismxs, pero a su vez, ingresar al campo de la norma: la que nos permite subsistir con tranquilidad, con un trabajo promedio, un salario digno, una vida privada sin “escándalos” que nos lleve a tener una vida (aparentemente) tranquila.

Natalia responde con otra pregunta: “¿Y por qué yo tengo entrar en ese campo, por qué tengo que ser parte de la norma?” Responder a esas exigencias conlleva, de manera literal y metafórica, el cercenar el propio cuerpo. Ella comienza el libro citando a Susy Shock: “Reivindico mi derecho a ser un monstruo/ ¡Y que otros sean lo normal!”. El libro se plagará entonces, de una especie de colección de animalitos e insectos, que clasifica según el elemento al que correspondan (monstruos de agua-de tierra-de aire). Estos seres pequeños la ayudan a recorrerse a sí misma como sujetx problemático: alguien que no puede relacionarse igual que todxs, alguien que no puede amar igual que todxs, que no siempre puede decir, que no siempre se siente bien. Que tal vez encuentre más confort en la soledad, escuchando los sonidos de su casa, o que disfrute más la compañía de las cucarachas.

Sin embargo, toda problematización es, justamente, un proceso conflictivo. Porque la soledad a veces pesa demasiado, a pesar de que unx suela encontrarse a gusto con ella. Porque aunque reivindique mi propia forma de amar y sentir, mi propio deseo y mi propia individualidad, a veces siento que solo necesito que alguien me quiera para sentirme enterx (poder ser parte del amor, como todos los otros dedos de su poema). Porque a veces simplemente unx quiere descansar un poco de tanto luchar, quizá. Esto, a mi parecer, es lo más hermoso del libro de Natalia: construirse a partir de las contradicciones que supone habitar un espacio, cuando unx se siente desterritorializado por completo, y quiere llegar a conquistar esos lugares desde su propia vulnerabilidad.

Así, mientras que le echa en cara a las arañitas el no bancarse estar solas, ella lucha constantemente con su propia soledad, con su falta, con su fragmentariedad. No vemos un sujeto completo, ella se muestra a sí misma como un sujeto roto, diseminada entre un montón de bichitos que sí se apropian del espacio, porque naturalmente siempre fue suyo. Como la cultura de las cucarachas. Los monstruos habitan en manada, se juntan, se acompañan. Nosotrxs no, pero deberíamos: la presencia del otrx con quien sujetarme es esencial, mientras habitamos un lugar hostil. Pero como estamos juntxs, en ese lugar nos tenemos.

Natalia nos abre la puerta a su propia sensibilidad a través de un lenguaje simple, cotidiano. Entramos a sus partes más “tiernas”, por decirlo de alguna manera, aquellas que justamente son las más vulnerables, y que por eso solemos guardar para nosotrxs, buscando que nadie nos haga daño. Sus inseguridades, algunas zonas oscuras, los miedos, y las heridas. Experiencias que todos tenemos y que el sistema nos forzó a encerrar en nuestras subjetividades individuales y en los consultorios de nuestrxs psicologxs, pero que, como dice Mark Fisher en No hay romance sin finanzas:

                                                                           “Basta con que dos o más personas se reúnan para comenzar a colectivizar                                                                                 las tensiones que el capitalismo generalmente privatiza” (2015:131).[1]

Y a esto me refiero cuando hablo de intentar ingresar desde lo vulnerable, porque colectivizarnos es algo propiamente político. En Bestiario está Natalia, y estamos nosotrxs, leyéndola, recitándola. Mostrar lo más íntimo es un movimiento de resistencia, porque socializarnos, hablarnos, nos permite mirarnos entre nosotrxs. Como la cucaracha que se acerca a consolar una chica sola (que tanto terror le da a la cultura, y por algo será), deberíamos acercarnos, contarnos, querernos. Darnos cuenta de que no estamos solxs, y de que tenemos derecho a ser quienes somos, incluso cuando eso suponga un proceso lento, cargado de contradicciones y de dificultades. Esto es lo que más me tocó de la poesía de Natalia: su apertura, su suavidad, sus tensiones internas puestas al descubierto. Ella y sus monstruos nos hacen sentir parte de una nueva categoría de ser: una categoría en la que lo que somos, incluso cuando resulta problemático o pesado, está bien.

 

NOTA

[1] Fisher, Mark (2015) “No hay romance sin finanzas” en Los fantasmas de mi vida: escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos. Ed. Caja Negra, Buenos Aires, Argentina. Traducción de Fernando Bruno.

 

PH: FB INSTITUTO CULTURAL BAHÍA BLANCA

 


Natalia Canova nació en Bahía Blanca en 1989. Estudio Letras en la Universidad de La Plata y Bibliotecología en el Instituto 8. Escribe poesía: publicó Palitos de la Selva (Colectivo Semilla) y Ritual (Proyecto Azahares);  este año será publicado A mi también me pintó escribir sobre viajes (Pixel); también escribe prosa pero sin editar todavía. Es colaboradora permanente en la revista digital Furias y eventualmente en otros medios. Arma fanzines para difundir textos cortos: clásicos feministas, transfeministas, sobre neurodivergencia, anticapacitistas y un fanzine propio: Clona. Agenciamientos desde la neurodiversidad. Estuvo en la Escuela Argentina de Producción Poética y actualmente participa esporádicamente en la Mesa Abierta Poesía y Feminismo.

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