LUCIA BIANCO

(por Florencia Sánchez Forte)

Adornos (n direcciones, 2018) es una sala cualquiera, el living de tu vieja, una despensa que resulta por demás conocida. Un yo poético que se enuncia desapareciendo, reverbera por el registro de los objetos que pasan sobre su mirada. O su mirada pasa por ellos. Digamos que ese registro construye la escena: treinta poemas que podrían corresponder a treinta escenas sin índice, sin numerar. Sin embargo, el principio ordenador que los constituye en Adornos es la distribución espacial que proponen. Un poema por hoja: un texto es un espacio. El trabajo visual rige su funcionamiento: ¿qué es un adorno sino un objeto que ocupa un lugar en el espacio y que rige una lógica de la mirada para su función? Entonces, ¿qué es un poema?

El pliegue en el plano funciona: los títulos no adelantan ninguna temática. Menos podríamos decir que llevan la cabecera del poema. Es al revés: están de cabeza. El espacio en blanco entre el texto y el título es el pliegue de la hoja: si doblo la servilleta, me encuentro con una referencia anotada en su revés como título. Pero no todo termina en decir las cosas de otra forma. Aún en su revés, el título rige otros reveses: letras corridas del cuadro, en otra alineación que vuelven a preguntar que es estar de cabeza, que es estar al verso y al reverso. Sin caer demasiado fácil en el juego de la perspectiva, los poemas adornos de Lucía funcionan en varios órdenes textuales. Es como si pudiéramos decir que el poema tiene varias entradas y cada una de ellas pide una lógica ocular diferente.

La distribución del poema en el espacio no copia la imagen de un adorno: ¿cuadros colgados en la pared o pequeñas parcelas de texto ubicadas en puntos próximos de la hoja? ¿Repisas repletas de objetos de porcelana o líneas simétricas que rebasan de palabras el verso de extremo a extremo? No es que podamos decir bueno, el poema toma la forma de un objeto. Es un objeto. No es que el poema que habla de la torre eiffel se parece a una torre eiffel. Es una torre eiffel que propone su propio modo de lectura, su propia materialidad y hasta se da el gusto de ser diferente y plantear su propia base. ¿No la vieron? Para muestras basta un botón.

Lo que inquieta el texto es la curiosidad por el funcionamiento de los adornos: cómo es que fueron hechos y por qué están ahí. Es desarmar un reloj para ver qué cosa lo rige. Un barco encerrado en una botella: “más que tocarlo queremos aferrar la intriga, ¿cómo hicieron?”. Los adornos te cuentan, a riesgo de no haberlo esperado jamás de un adorno, cómo fueron sus procesos de elaboración: una mano que cierra apurada una canilla para asistir a un curso de pastapiedra, ¿quién hizo esa servilleta y por qué estaba apurada? ¿ y por qué yo imagino que es una mujer? Pero eso no es todo. Un duende porta sahumerios trabaja de gritarle a los turistas: “¡Naturaleza! Tan mal que le va bien”.

Los adornos funcionan para la administración del agrado: un elefante de la suerte, un árbol de la vida y, por si nos hacía falta tan solo un poco, un bambú, otra vez, de la suerte. ¿Qué hacen siempre en el mismo lugar sino es para regular el agrado y la subjetividad social? Sin embargo, ya sabemos que el gato de la fortuna se mueve solo a fuerza de pilas. Algo más: a una planta de plástico no le hace falta luz, ¿qué hace al lado de la ventana? Adornos trabaja en decir la posta: deshace la ilusión del ritual buscando cómo fue, qué mecanismo: “El asombro del poder no tiene propiedad. Es público. Cité”.  Mal que nos pese o cosa que hubiéramos querido, desarmar la ilusión no tiene que ver con dejar algo sin efecto. Nada de esto va a hacer que las cosas cambien. Tampoco tiene que ver con el sueño de reivindicar la materialidad de los objetos. Más bien está ligado a formas de expresión de lo público: eso que puede ser de todo el mundo pero que a su vez la individualidad puede reconocer como propio: “Estar a la altura de un apellido, cansa. Tratar de nunca hundirse, en un momento monocorde del descenso, cansa”.

Al final es inevitable: a falta de adornos, las paredes mueren de verborragia.

 

 

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