FACUNDO PASSARELLA

(por Ignacio Maroun)

 

En los poemas de Facundo Passarella (uno de los lectores del próximo Nubosidad Variable) advertimos, en una primera lectura, un uso insistente de materiales provenientes de la tecnología digital (o de tecnologías pre-digitales con las que coexiste, como es el caso de la radio), que va desde una recurrencia temática hasta el tratamiento específico de formatos textuales, como lo son comentarios en redes sociales, mensajes de actualización del sistema operativo o links de youtube. Al mismo tiempo, una segunda voz puede ser reconocida en los poemas: una que aparta la mirada de la pantalla y se dirige hacia – o viene desde – una tradición poética.

No es un detalle que estas dos presencias encuentren un punto de convergencia en el título del poema que encabeza la serie: “mis primeros aprendizajes sobre literatura mundial son radiales”. Si hiciéramos caso omiso al tachado, podríamos leer la propuesta de que la transmisión por radio ingrese en la literatura mundial, abriendo un enlace que permitirá más adelante que la tradición realice el camino inverso: de la literatura mundial al poema (“La ‘(pretendida) escritura automática’ del Surréalisme esperaba tranqui en Internet”). Pero el tachado está, y es gracias a él que tenemos a disposición otro título posible. Si en el anterior encontrábamos la operación que permitirá un tratamiento doble de lo temático, en éste radica, no una propuesta, sino un axioma: la literatura se aprende. Con un libro de poesía en la mano o esperando que surtan efecto las actualizaciones de Windows. Como se estudia, acaso, una lengua.

En tanto aprendizaje, la literatura implicaría, entonces, un recorrido que no puede tener lugar más que en la dimensión vital del yo poético. Esta disposición, que leemos en el recuerdo del primer aprendizaje, se ve fortalecida por la carga de cotidianeidad que encontramos en poemas subsiguientes. Sea en el morral de movistar que se está por romper (“Viernes a la noche.”) o en la pizzería, esperando una primavera (“Haiku de Edward Hopper”), los poemas de Passarella nos hacen difícil pensar en los libros fuera de coordenadas espacio-temporales precisas y, sobre todo, cotidianas. Esta concepción de la literatura hace eco en la exigencia realizada al realismo en otro de los poemas: “¿qué tanto realismo puede tener una novela/donde ninguno de los personajes va al baño?”. Lo cotidiano es la bisagra entre lo público y lo privado, y si recuperamos las circunstancias del yo poético, por ejemplo, las que hacen que cargue con el libro de Whitman en el morral, entenderemos que en los poemas de Facundo Passarella la literatura no es algo que puede pensarse exenta de cierta praxis íntima.

Los poemas de Facundo Passarella entusiasman. Lo hacen no solo porque hablan de la vida en ejercicio, sino porque suponen, en sí mismos, realizaciones de esa vida tematizada: cada poema es un ejercicio. Y como todo ejercicio, su demostración es siempre una invitación. Una posibilidad que es, antes que el aprendizaje de una u otra lengua – inglés o japonés – o la pregunta de Word de guardar un archivo con un título determinado, la de la hechura misma de un poema.

 

 

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