“Los surfistas y otros poemas” de Victor López Zumelzu (Editorial Aparte)

MI QUERIDA MARIEL

 

Cuando escribo de Chile no pienso en Chile como un país sino que escribo otro sinónimo más de lejanía. Algunas mañanas me despierto con una resaca semejante a una delgada línea de mar en las pestañas. Más allá una muchacha amarra flores amarillas en medio del desierto entre sus piernas, hay un cuaderno borroso que parece decir “esta es mi escritura una niebla en la que apenas se divisa”. Escribir es siempre decir lo mismo. Ahora voy a escribir un verso genial, algo digno de Yeats, una ensoñación sobre una Venus que reposa desnuda en un estanque de peces pero no precisamente de una Venus sino más bien de una quinceañera de los barrios bajos de Santiago que yace violada y muerta en las riberas del Mapocho. Un surfista viaja toda su vida en un autobús que de a poco se desvanece, a veces mira a través de la ventana el paisaje, enormes carteles con nombres de ciudades desconocidas. Trasladarse de un lugar hacia otro punto, donde el mismo viaje es un signo de desvanecimiento de continua pérdida. Él le escribe poemas de amor porque no se atreve a decirle que la ama más que el universo; un día decide mostrarle sus textos y ella le dice que son demasiado tontos, no dicen nada nuevo. Toda escritura es una especie de caída, leve, despacio, sin tiempo; cerca del suelo la sensación de velocidad aumenta, los ojos se dilatan, el fotógrafo enfoca la escena y le pide que por un momento, solo por un momento, cierre los ojos e imagine que el breve viaje hacia la oscuridad no huele siempre como un ramo de flores amarillas olvidadas en medio del desierto. En Colombia hay cientos de mariposas de colores en Chile de vez en cuando la corriente del niño trae peces voladores que se elevan a varios centímetros de altura. Toda escritura es precisamente esto, que salga el sol cuando deseamos que salga el sol y ponernos abrigos bufandas cuando deseamos que este mismo muera.

 

#

Detrás de la puerta de la infancia el gatito escondido arañando los libros de la biblioteca. Había que vestir los objetos con palabras para que no se congelaran. Esa fue siempre la distancia que existió entre la gramática y la experiencia. El lenguaje veloz sobre un cristal haciendo zigzag en el amontonamiento de instantes. Citas, fragmentos de Proust y Dostoievski. Imagen tras imagen el esqueleto del tiempo tenía que ser desviado del nervio óptico. Y por consecuencia de las lágrimas ¿Era este el mundo pálido de palabras en el que quería vivir? El hilo de sangre brotando fino de los labios de mi hermano. El humo de los últimos pastizales de Los Lagos extendiéndose desde la periferia como la única certeza capaz de separar el día de la noche ¿Hacia dónde ir si la cartografía de deseos es tan porosa a la traducción? Los árboles y las murallas de la casa podían caerse y quizás en sueños cayeron pero el cuerpo mudo y frágil iba a seguir ofreciéndose al sonido caudaloso de la oscuridad.

#

 

ACEITUNAS

 

Un puñado de aceitunas reposan quietas en una bandeja de plata

No hay nada de sexual o estético en eso

Solo son un puñado de aceitunas dice alguien sin un rastro

mínimo de pasión

 

Los invitados a veces miran entre sus anteojos el paisaje un débil

horizonte que se empaña

 

Dos desconocidos sin querer se encuentran se bajan de sus

automóviles y pasan a ser parte de la misma fotografía

 

Una versión rápida y convincente de la historia es que no hay

historia

 

Un mozo que ha trabajado toda su juventud en el mismo lugar un

día decide escribir en su libreta de notas

La vida debería ser más que un puñado de aceitunas quietas en

una bandeja de plata

Después lo borra y vuelve a trabajar

 

Más allá el sonido del mar de la ola rompiéndose La brisa que

mueve la hoja del cuaderno El vaho que se eleva.  El paisaje se

ilumina

 

 

#

 

Algunas noches los fantasmas de mis antiguas novias muertas se recuestan al otro lado de la cama y me dicen ¿Puedo llamar desde hoy a tus manos sombra? ¿Puedo llamar a tu boca dinero? Somos antiguas novias muertas y por ello podemos aún por las mañanas tomar de tu taza de café, hacer frente al espejo el nudo de tu corbata, usar tu cepillo de dientes y limpiar la ausencia que supone estar vivo. Antiguo amante tu piel ahora es de tiza, cal, vinagre. No teníamos dinero ni siquiera para un cigarro ¿Recuerdas cuando hacíamos el amor mientras afuera los perros furiosos arrastraban el cuerpo sanguinolento de los pequeños gatos muertos? Recuerdas el sonido de las sirenas, los vasos rotos, las lágrimas, una despedida difícil que ninguno de los dos sabíamos iba ser hasta la profundidad del tiempo.

 

#

 

 

GOLOSINAS

 

Deseaba escribir de una flor que yacía en el jardín.

Deseaba ser la misma flor silvestre con sus eclipses.

 

El colibrí que se empolva una y otra vez.

Entonces miro sus piernas

y observo que eran la extensión brillante de un pejerrey.

 

Soy el niño sirena –dijo– si canto fuerte vendrán los niños del

barrio a peinar mi cabello con sus labios nuevos sabor a nata

recién hervida.

 

El sonido del mar avanza, retrocede

como una puerta cerrada y abierta de golpe.

 

Es imposible cantar sobre la felicidad decía un amigo

que interpretaba el papel de un poeta muerto cada vez que podía.

 

Lo único que puedo hacer es envejecer,

mirar el almendro reverdeciente.

 

He pasado tanto tiempo en Internet buscándote que los dedos se

me crisparon, se entumecieron ahora en vez de uñas solo tengo

un par de lagunas que fingen la tonalidad del agua, la vibración

 

como aquella casa deshabitada que veo al final de la avenida

¿Acaso pueden existir casas que en su interior no posean a nadie?

casas que sean un armatoste de recuerdos, un par de puntos

suspensivos.

 

Un matemático en la televisión explicó que no.

El frágil precipicio de la luz se sostiene solo con el movimiento.

 

Afuera unos perros furiosos se mordían.

¿Acaso pueden existir personas

que en su interior no posean a nadie?

 

Personas con una parte del cuerpo

que no está hecha para este mundo.

 

¿Entonces qué es lo que cantan las sirenas para que los niños

se duerman entre sus aletas qué es lo que me une a esa extraña

vibración a aquellas palabras obscenas que pronuncian a

escondidas mujeres oscuras como mi madre?

 

Y que un otorrino raspo y raspo, cal reseca, miel adormecida

para lograr ser escuchadas.

 

#

 

VÍCTOR LÓPEZ ZUMELZU (Curacaví, 1982). Ha publicado Los surfistas (VOX, 2006; Premio Hispanoamericano de Poesía 2005 de revista VOX-Diario de Poesía, Amigos de lo ajeno y Álbum del universo bakterial); Anleitung, um sich in der Stadt zu vertieren (Lanzallamas/Latinale, 2009); Guía para perderse en la ciudad (Ripio, 2010; VOX, 2012; Liliputienses, 2014; Premio Municipal de Poesía( 2011); Erosión (Alquimia, 2014); Mi hermano (Vox, 2015), Bocetos de plantas y animales (Liliputienses, 2017). En el año 2006, fue becario de la Fundación Pablo Neruda. Sus textos han sido traducidos al portugués (Marília Garcia), al inglés (Brandon Holmquest) y al alemán (Rike Bolte).

Comparte este contenido

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *