“La suerte de las mujeres” de Paula Vázquez (añosluz editora, 2017)

Dejar de fumar

 I.

 

La habitación se volvió fría y húmeda, nos quedamos en silencio, como si todas las palabras se hubieran ido con nuestros muebles, dispuestos cinco pisos más abajo frente a un camión de mudanzas. Afuera se escuchan los ruidos de una esquina céntrica de la ciudad, me acerco a la ventana para mirar lo que me permiten ver los vidrios que comienzan a cubrirse de polvo y una idea flota hasta pegarse a mi cuerpo: cualquier destino es mejor que el mío.

Juan cumplió uno a uno los pasos del manual de los hijos de puta. Silencio y giros retóricos, palabras que no dicen nada, motivos inverosímiles que me hacían extrañar la dignidad del silencio, para obligarme a aceptar la idea de poner en venta la casa que habíamos comprado juntos apenas un año atrás. Hay que vender rápido porque el dólar ya no es lo que era, imagino a un emperador poderoso a quien de un día para otro la fina capa de fina seda comienza a deshilachársele, su debilidad frente al euro o al yen crece, pero también y aunque parezca una paradoja, porque nunca nadie quiso más que ahora ese papel verde que es, según dicen los diarios en los que yo confío tanto como Juan desprecia, el verdadero motivo detrás de la marcha multitudinaria que semanas atrás colmó el centro de la ciudad. La marcha verde, titularon algunos, la marcha blue, otros, y los de diarios opositores imprimieron reimprimieron y sobreimprimieron que la gente dice basta de dictadura basta. Entonces es evidente que el momento es ahora, antes de que todo empeore, como es seguro que empeorará.

Esto es lo que hace el amor, el absurdo juramento de lo eterno, ese mandato subterráneo que de a poco nos coloniza el cerebro mal disfrazado en historias de princesas o en sitcoms de solteras independientes que en secreto anhelan el matrimonio. Un movimiento que traerá el llanto sobre el piso de la cocina, la consabida etapa de desprecio por la propia higiene, el cliché de kilos de helado seguidos por una pequeña fortuna puesta en tratamientos de belleza no invasivos o invasivos pero que prometen menguar el decaimiento generalizado que provocan en partes iguales los años y el helado y, por encima de todo, la inútil resistencia a ingresar su nombre al círculo del pasado.

Prefiero la mujer clásica de los clichés clásicos a la mujer cool de los nuevos y relucientes clichés cool. Elijo “cool” para ampliar el significante y convertirlo en universal, así me enseñaron y aprendí, desde chica siempre fui buena para aprender. Con seis años me iba a dormir acunándome con las definiciones de mi pequeño Larousse ilustrado que me había traído Papá Noel, un verano en la casa de Pinamar. Ese mismo verano encontré a mi hermano en el jardín con una chica que yo había visto junto a su familia en una de las carpas de nuestro balneario: era rubia, el pelo le llegaba a la cintura, sus manos la sostenían contra un árbol, él se apoyaba contra su cuerpo y se movía como si quisiera que la textura de la corteza se le imprimiera en la espalda, ella miraba hacia otro lado, los ojos inexpresivos y en silencio.

Hay un sol triste, un sol de invierno, algo como eso me gustaría decir, siempre anhelé la capacidad de quienes escriben canciones y dicen cosas como “estoy entusiasmado con tu corazón” y en vez de sonar estúpido suena maravilloso, pero sigo en silencio porque él tampoco dice nada, y entonces pienso que quizás estamos en una de esas escenas finales de nuestras peleas, todo pasó y solo queda el desafío de quién de los dos dará el primer paso hacia el otro, el armisticio es tan frágil que cualquier mirada puede volver las cosas al inicio y por eso, aunque sé que ya no habrá de esas peleas porque esto es, como se dice, el final, imagino que tomo su mano y la llevo hasta mi escote, para que busque primero mi cintura y luego el cierre de mi pollera y así.

Mientras permanecemos de pie junto a la ventana, menos por la posibilidad de una reconciliación que por la demora de los muchachos de la mudanza en terminar de disponer todo en el camión para que luego podamos firmar los recibos del inventario, pienso que no es casualidad que Juan haya elegido el inicio del invierno para abandonarme. Un par de años atrás, mi ginecóloga tuvo el impulso de explicarme las bondades de la planificación familiar desde una declarada perspectiva utilitarista y, en consecuencia, lo egoístas que somos las mujeres que posponemos la reproducción, egoístas y ciegas, casi idiotas cooptadas por la cultura que declama liberar a la mujer de los cánones de la sociedad patriarcal, aunque en realidad no logre más que sumarnos el mandato del éxito laboral a la antigua obligación de las tareas reproductivas, porque no somos concientes de que los treinta años son para la mujer el inicio del invierno.

Sin embargo esta no es la única evidencia de que la decisión de Juan ha sido cronometrada. Está además el detalle de la atmósfera cinematográfica, alguna vez mientras mirábamos una película me describió una teoría: las horas trágicas se marcan en invierno, iluminadas por la luz invariablemente triste del sol de invierno. Tras los cristales de una habitación oscurecida por las sombras que proyecta el fuego del hogar o en el reparo que ofrece un zaguán bien dispuesto en la ochava donde dobla el viento: las despedidas y la muerte son inverosímiles en un mediodía de enero pleno de sol.

Apenas Juan terminó de explicármelo me convencí de que así tenía que ser no solo en la pantalla o en las novelas, sino también en la vida real. Por eso ahora mientras lloro en silencio, mientras lloro sin lágrimas de pie frente a la ventana, todo tiene sentido de acuerdo al principio: las señoras abrigadas por demás que miran vidrieras con la desenvoltura de un profesional, mi propio sweater de lana tan grande que oficia de vestido y sobre todas las cosas este frío húmedo que empuja los hilos de la ropa y se prende a la piel y quiere aun más, como si buscara en efecto calar los huesos, los huesos de esta mujer que por algún extraño motivo permanece de pie junto al hombre que ha decidido abandonarla con la excusa de cuidar a un perro moribundo.

 

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Paula Vázquez. Abogada (UBA, 2008). Magister en Sociología Jurídico Penal (Universitat de Barcelona, 2010). Se formó en talleres literarios con los escritores Diego Paszkowski, Hernán Vanoli y Fernanda García Lao. Actualmente cursa la Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF, dirigida por María Negroni. Publicó artículos especializados y cuentos en las antologías Nuevas Narrativas, historias breves, Ed. Clásica y Moderna. En 2014 publicó el poemario Los hombres de mi oficio, Ed. huesos de Jibia. La suerte de las mujeres, ganador del III premio del Fondo Nacional de las Artes en 2016, es su primer libro de cuentos, publicado por añosluz editora (2017).

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