Fragmento de “Alguien con quien hablar” de Celina Abud (Editorial Crack-Up)

Alguien con quien hablar

No recuerdo fechas, pero sí que era de tarde. Cuando subía hacia mi departamento vi que la llave de algún extraño había marcado en la pintura del ascensor una pequeña esvástica que se asomaba entre otros diseños de arte vandálico. Las paredes de todos los elevadores suelen ser un buen lugar donde expresarse: penes, la V de la Victoria, escudos de equipos de fútbol y estribillos de bandas de rock conviven en una impostada armonía para llegar a un sinfín de destinatarios que no quieren cansar sus piernas. Cada nueva marca se convierte en un detalle que al principio puede mirarse con atención, pero después se naturaliza.

Pero esa araña de cuatro patas quedaba por completo desubicada en el elevador de un antiguo edificio modesto de Once, barrio que siempre tuvo una fuerte afluencia de judíos, pero que ahora también es habitado por africanos, personas de países limítrofes, chinos y representantes de otras etnias con las que un ario estereotipado no querría mezclarse.

Mi antipatía hacia ese símbolo excedía mi origen semita, pero me propuse restarle importancia porque era insignificante y porque, además, su autor había perdido el rumbo al punto de terminar en la zona de la ciudad menos apropiada para ser un nazi. Sin naturalizarlo, lo dejé estar por unos días. Lo veía con cara de dormida, cuando tenía que ir a trabajar; de regreso, cuando sólo pensaba en tomar la merienda y mirar programas de chimentos; cuando salía a conocer algún nuevo bar de moda.

Así fue hasta que un domingo mi hermana Emilia, que por un embarazo complicado no podía salir de su casa, me pidió que fuera a visitarla. Daniela, mi otra hermana, estaba de viaje junto a mamá y Emilia no quería estar sola en el Día del Padre. El programa no me tentaba en lo más mínimo, pero me sentía obligada. Después de todo, las dos nos habíamos quedado sin papá hacía ya mucho tiempo. Yo a los 17. Ella a los 8. No quería contener a nadie. Pero tampoco quería que me tildaran de egoísta y desalmada.

En esas épocas, los encuentros con Emilia podían considerarse un éxito si yo no salía de su casa llorando. Sus obsesiones y paranoias se veían multiplicadas por los miedos y el desajuste hormonal de esperar un hijo. Ya desde siempre, si no hacías lo que quería, te decía cosas que te dejaban heridas de guerra y podían noquearte por una semana. A ella se le pasaba el enojo con rapidez y volvía a ser la persona más buena del universo, pero a mí la tristeza y la pesadez en el cuerpo podían dejarme inútil por un mes o incluso más tiempo. Cuando fui ese día a visitarla, además de llevar la bolsa con la comida árabe que había comprado, sentí una imaginaria carga en mi espalda, difícil de soportar. Por suerte, charlamos de banalidades y no hubo conflictos. No mencionamos a papá ni siquiera una vez.

Como el día estaba hermoso, decidí caminar por la avenida Libertador ni bien me despedí. Con cada cuadra, recordé que ese era el trayecto que hacía los fines de semana con mi novio, el novio que ya no tenía porque yo había tomado la decisión de terminar. Supuse que un corte a tiempo era mejor que odiarnos y, por supuesto, tenía razón. Pero la vida no fue mejor. De hecho era la misma mierda pero sin alguien cariñoso que te acompañara en un día del padre cuando no tenés papá. Pocas cosas deben costar tanto como terminar una relación con un buen tipo.

Cuando estaba a punto de llegar a casa, pensé en que no debía luchar más para mitigar la tristeza. Ese día era simplemente insalvable. Por eso, cuando en el ascensor me volví a topar con esa esvástica insignificante, no la toleré. Tomé mi llave y le cerré los bordes con furia hasta dejarla como un deforme falso damero. Sonreí por no aceptar las cosas tal cual eran.

Mi amiga Maite me había reclamado tachar esa cruz una noche en que la que había venido a visitarme. La llamé y le dije lo que había hecho. Días después, ella me contó que se topó con otro deforme falso damero en el elevador del pediatra de sus hijos. Y más tarde había aparecido otra esvástica, pero esta vez en su ascensor.

En un principio supuse que el antipático dibujo sería obra de un vecino más antipático todavía, pero mi amiga me hizo pensar que las repetidas marcas a llave podrían estar hechas por una oculta tribu urbana que podría ser bautizada como “nazis de ascensor”. ¿Tendrían la apariencia estereotipada de adolescentes skinheads? ¿Serían nerds de la computación? ¿Se asemejarían a respetables señores de traje? ¿O a ancianos desganados que buscaban una exaltación alternativa ante la falta de impulsos sexuales?

Pasaron los días y la obra colectiva del falso damero permanecía sin cambios. Hasta que apareció junto a ella una nueva esvástica, un poco más chica que la original, pero con una de las líneas en duplicado, para que no pudiera ser neutralizada de la manera en la que yo había desintegrado la anterior. ¿Qué podía hacer al respecto? ¿Quejarme al consorcio? Tal vez, pero todavía no. Más bien quise hacer lo que la diseñadora brit Mary Quant, conocida por globalizar la minifalda, había hecho en Londres con el hippismo, cuando decidió comercializar medias panty con los diseños y colores de los pacifistas y hacer de ese movimiento ideológico un producto fashion industrializado, requerido por el capitalismo salvaje. No tenía Instagram, pero sí un celular con efectos, así que saqué unas fotos de ese dúo de esvásticas deformes y les puse el filtro “vintage”, “blue” y “punch”. Después borré todo. No quería que esas fotos estuvieran en el teléfono y pudieran ser vistas de manera accidental por amigos y conocidos con los que comparto videos e instantáneas. Pero antes imaginé a la pobre de Hannah Arendt y pensé en lo fácil que es hoy banalizar el mal. Sacarle una foto, colorearla, ponerle unemoji, cualquier cosa con un smartphone.

Sin perder el espíritu del filtro y los dibujitos, ¿qué podía hacer para neutralizar ese símbolo? Taparlo. ¿Con qué? Con un sticker. ¿De qué? De HelloKitty. Tenía que comprar una plancha y ver qué pasaba en los días siguientes. ¿Habría quejas por parte de los vecinos cuando no las había habido antes por las esvásticas? ¿Arrancarían la estampa hasta dejarla reducida a un pedazo de papel pegajoso? ¿Sabría el “nazi de ascensor” que Japón, país de donde es oriunda esa criatura llamada Kitty, fue aliado de Alemania en la Segunda Guerra Mundial?¿O ignoraría como yo que en realidad ese símbolo no era propio del nazismo, sino un saludo muy antiguo de origen indoeuropeo? Eso era algo que seguro el vándalo desconocía, ya que no abundan los grafitis amables. Muchas suposiciones para una pregunta ni siquiera pronunciada.

Bajé a una librería y compré las calcomanías con la criatura que parece gata, pero no lo es. El tema llegó a ser noticia en los distintos portales del mundo: según Sanrio, la empresa que la creó, Kitty es una niñita, una amiga y se puede demostrar que no es un felino porque nunca se paró en cuatro patas. Algo confirmado por los stickers, que ilustraban a Kitty en una cocina, Kitty arriba de un avión, Kitty disfrazada de algo que no era Kitty. Eran múltiples las opciones, pero elegí como primer diseño a Kitty montada arriba de un crayón, porque yo también quería expresarme. Maite me pidió que le llevara alguna de las etiquetas de mi plancha, así también decoraba su ascensor. Incluso pensé en que podía cargar las calcomanías siempre en la cartera: uno nunca sabía cuándo, al descender o elevarse, se podría topar con una esvástica. La guerra simbólica estaba planteada.

#

Celina Abud nació en la Ciudad de Buenos Aires el 30 de diciembre de 1978. Es periodista, escritora y cantante. En 2017 publicó su primer libro de relatos Alguien con quien hablar (Editorial Crack-Up) y en el año anterior su cuento “Llaves para un apóstol” obtuvo una mención en el Concurso Nacional Universitario Hermanas Ocampo. Trabaja como periodista de lifestyle y salud en Ámbito Financiero y también realizó entrevista de fondo a escritores y artistas para la web del mismo medio. Además colabora regularmente en diferentes diarios, revistas y portales de Argentina y Latinoamérica.

Comparte este contenido

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *