Fragmento de “Ladrilleros” de Selva Almada (Mardulce Editora)

La Vuelta al Mundo quedó vacía, sin embargo las sillas siguen balanceándose despacito. Será el aire del amanecer.

A Pajarito Tamai, echado en el suelo, boca arriba, le parece que la rueda gigante sigue moviéndose. Pero no puede ser porque música no se oye. No escucha nada: tiene la cabeza llena de ruido blanco. Blanco como el cielo -nunca lo ha visto así- contra el que se recorta un fragmento de la máquina, un pedacito, desenfocado, que es todo lo que la vista puede abarcar.

Achina los ojos a ver si así deja de girar. Es peor: se marea y ya no se mueve sólo la Vuelta al Mundo si no todo el mundo.

Se marea como hace un rato cuando estaba montado al juego. Él y Cardozo treparon a las sillas dobles con un porrón recién abierto en la mano, chorreando espuma por el agite. Antes de bajar la barra de hierro que los mantendría seguros en las sillas, el tipo que manejaba la máquina quiso hacerlos dejar la cerveza y se le rieron en la cara. El tipo se encogió de hombros y no insistió. Tenía que decirlo para cumplir con el reglamento del parque, pero por él que se mataran tapes de mierda.

La primera vuelta fue a los barquinazos. Fueron subiendo despacio mientras se ocupaba el resto de las sillas. Cuando quedaron arriba, Cardozo se puso a escupir a los de abajo que se dieron vuelta para putearlo. Pajarito se rió y tomó un trago y miró hacia el pueblo: las luces, tupidas en las cuadras del centro, se iban desperdigando hacia las afueras; sobre La Cruceña, su barrio, sólo un puñadito.

Entonces la rueda tomó velocidad y empezaron a dar vueltas a lo loco. Gritaron unos sapucay y siguieron chupando del pico. Cardozo gritaba y sacudía la cabeza como un perro mojado. En la tercera vuelta se desabrochó la bragueta y empezó a mear, meneando la verga y bautizando a los de abajo. A Pajarito le dolían las costillas de tanto reírse. Se sentía drogado, feliz y poderoso.

Ahora, acá abajo, el zumbido en la cabeza y el cielo tan blanco que duele mirarlo. Pura luz enceguecedora como en las películas de ciencia ficción que iban a ver con los changos a la matiné del cine Cervantes. Está cansado. Mucha fiesta, piensa. Calavera no chilla, se anima. Quiere cerrar los ojos a ver si se calma el mareo. Empieza a entornar los párpados y, de repente, comprende y los abre todo lo que puede, hace una fuerza sobrehumana para mantenerlos abiertos porque le cayó la ficha y se da cuenta de que se está muriendo.

 

Puro olor a podrido el que le entra por la nariz. Marciano Miranda está echado boca abajo, con un solo ojo abierto. Tiene la cara metida en el charco pantanoso en que se ha convertido el suelo tras varios días de feria. El pasto quemado por las pisadas, las meadas, los vómitos. Siempre es así cuando viene un parque de diversiones o un circo. Un circo peor: cuando levantan las jaulas, los yuyos quedan negros hasta la raíz por el peso y el calor de los animales. Al descampado municipal le lleva meses reponerse y cuando empieza a ponerse lindo de nuevo, se instala otro feriante. A nadie le importa, en realidad. Cuando está vacío, al predio solo lo usan las parejas para ir a culear. La verdadera diversión es cuando está ocupado, cuando se llena de bombitas de colores y música y forasteros.

Si Marciano se fija en eso ahora es porque le toca tener la jeta metida en ese barro inmundo, que si no.

Levanta el ojo a ver si puede pispear algo más que los manchones oscuros del suelo. Pero se le cansa el ojo y vuelve a clavarse sobre las hojitas chamuscadas del piso.

Y yo con los pantalones blancos, piensa.

Parecés un bombón de telenovela, le dijo Angelito cuando se vistió en la casa, antes de salir de juerga. Impecables, recién sacados de la tienda, ajustados, marcándole la hombría, la camisa metida adentro.

Marciano se miró en el espejo del ropero y en la luna lo vio al hermano, Angelito, echado sobre la cama como un gato fino, en slip, abanicándose con una revista. Tuvo ganas de darse vuelta y cruzarle el lomo con el cinto que todavía tenía en la mano, pero se contuvo. No quería una pelotera con la mamá antes de salir, le arruinaría la noche.

 

 

#

Selva Almada nació en 1973 en Entre Ríos donde estudió las carreras de Periodismo y Letras . Ya radicada en Buenos Aires se formó como escritora en el taller de Alberto Laiseca.  Entre sus títulos se destacan: “El viento que arrasa”, “Ladrilleros” y “Chicas Muertas”.  Obtuvo en premio Fondo Nacional de las Artes y fue finalista del premio Rodolfo Walsh. Gracias al impulso y la repercusión de su primer novela fue traducida a varios idiomas. Hoy en día se erige como una referencia ineludible de la narrativa argentina.

Comparte este contenido

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *