Poemas de Cristián Gómez Olivares

 

QUE INEVITABLE EMPIEZA

 

 

 

                                                                                                      Yo resistí la tormenta,

                                                                                                      Yo derroté mi exilio.

E.P

 

 

 

Arrojarse al mar para que el agua se purifique

sólo lo puede hacer un adolescente vestido

con un uniforme de colegio y en la cara

 

el espanto de haberlo visto todo

con los ojos abiertos y cerrados,

pero insiste, pero insiste porque

 

es capaz de soplar más fuerte que el viento

para apagar las velas de una torta que

no celebra ningún cumpleaños,

 

un pastel maldito, una verdadera delicia

para los amantes de las calorías

y las grasas saturadas, una

 

receta con la que nuestras madres se aseguran

de que vamos a chuparnos nuestros

dedos delante de nuestros

 

invitados: enamórense, por favor,

enamórense en nuestro nombre, hagan

realidad eso de que la belleza

 

será no me acuerdo cuál era el adjetivo

o no será: yo fallé pero lo reconozco

yo también tuve mis tardes en esa plaza

 

tirados sobre el pasto engendrando

una cuenta de hospital de la que

haríamos por supuesto a otros

 

responsables, sacudiendo los chalecos,

limpiándonos el pelo de esas huellas

del tiempo perdido, de los dientes

 

de león heredados incluso

en nuestras ropas interiores,

libérense de ese lastre que significa

 

tener que graduarse de cualquier cosa

y por lo que más quieran en este mundo

traidor como ninguno de los otros mundos que

 

conozco: olvídense, olvídense y olvídense.

No importa que la ropa sea prestada

siempre y cuando uno sepa ponérsela,

 

más importante que llegar sin invitación

es identificar rápidamente al dueño de la casa

averiguar si es hincha o no de algún equipo

 

y en el caso de haber entrado al velorio equivocado

saludar a la viuda dependiendo de la edad y de cuantos

hijos tenga. El resto se aprende con los años,

 

las calles de la ciudad se convierten en un mapa

después de mucho haberlas recorrido

cargando con las bolsas del supermercado

 

y esos libros que no vas a leer ni tampoco necesitas,

para dormir hay que dejar que las ovejas entren

al corral como las palabras que vamos

 

aprendiendo para derrotar al exilio es imprescindible

una adolescencia que alimente los recuerdos

porque resistir la tormenta es una cosa

 

otra muy distinta meterse al mar

sabiendo que las olas son un muro

que no necesita obreros ni ladrillos

 

para formar una casa si estamos dentro

para ser un puente si quisiéramos cruzarlo

ya estaba allí antes de que nadie lo construyera

 

y seguirá cuando terminemos de derrumbarlo.

 

 

 

HAVE A DRINK, IT WILL MAKE ME LOOK YOUNGER

 

 

Hay unos pájaros que suenan como la alarma del drenaje.

Cada vez que cantan me levanto para apagarla. Pero

es en vano, sólo entonan esos zumbidos

 

para otorgarle un tín de belleza a las heces

y demás contaminantes de la familia

que van a parar a los desagües

 

una vez que han cumplido con las normas

de la Agencia de Protección Medioambiental

que la actual administración de Estados Unidos

 

está empeñada en echar abajo. A veces son las tres

de la mañana y me levanto como un zombie

hasta llegar al patio donde me esperan

 

los concertantes ofreciéndome su cantar.

Pareciera que todos los grillos (grasshoppers)

hubieran salido a acompañarlos. Y despierto: qué

 

importa entonces haber comido arroz blanco

acompañado solamente de arroz blanco,

a quién le interesan los dolores

 

de mi espalda si la Asociación Nacional del Rifle

propone entregarles armas a los profesores

y volver a la época de las cavernas

 

y separar los baños para unos del resto de los otros.

La parada de los autobuses es mucho más que un lugar

donde consultar tu teléfono. Hablar en castellano

 

te puede costar la cárcel. Una colección de autos

proveniente de los años cincuenta no significa

que vayas a casarte ni que haya terminado

 

la Guerra Fría. Me levanto a las cuatro

para escuchar ese concierto,

pero la que está

 

sonando es la alarma

 

(las musas del insomnio no tendrían el valor de abandonarte

ni la ética protestante que los curas te enseñaron

la capacidad de dejarte tranquilo.

 

Es hora de levantarte pero no de dar las gracias.

 

 

 

 

 

 

DE A POCO SE VIENE LA TARDE

 

 

Entonces, ¿ya estaban todos muertos?
¿los sembradíos de maíz también?
¿los policías que nos persiguieran

para ponernos una multa de tránsito?
¿la gente que conducía en sentido
contrario, hacia el otro extremo

del país y el mismo escalafón
de nuestra permanente lucha de
clases?, ¿RógerSantiváñez, Claudia

Costagliola, CedomilGoic?, ¿los que
vendían libros en Santiago y el otro
fin de semana estaban vendiendo

en Concepción? Me da lo mismo
que hayan muerto en un choque
de buses en medio de la carretera

o golpeados en el cráneo durante
un asalto en San Diego, asfixiados
por el gas de la cocina en un intento

de abandonar el mundo por su propia
mano, o sin siquiera darse cuenta
una vez que las venas del cerebro

reventaran y la masa encefálica
se esparciera con ese líquido
que en cualquier otra circunstancia

significaría seguir viviendo: todos muertos
como los que llegaron al Cabo de Hornos
para comenzar una ciudad, todos muertos

como los habitantes de Concepción a mediados
de los ochentas, todos muertos como combatientes
de una célula mirista en mil novecientos setenta y seis:

algunos se irían hasta la precordillera para que la caza
fuera más difícil. Años después sus hijos descubrirían
que la alquimia no se aplica a las palabras por mucho

que lo hayan escuchado de aquellos que dicen haber
muerto al lado de sus padres. El arte de morir tiene
que ver con todo lo anterior salvo en una cosa: no

se trata de romanceros medievales sino de amigos
que no contestan el teléfono, no se trata de perseguir
a las alumnas ni tampoco de que las alumnas te persigan

ni de buscar la explicación en la Historia ni tampoco
de ponerse fuerte por dentro, la espuma en el vaso
de cerveza que lentamente beberás y la vagina

a la altura de tu lengua son el único destierro en el destierro
que se va disfrutando poco a poco, la marea
rozando nuestros pies es el preámbulo

del oleaje que se avecina. Sí, vienen por nosotros.
Seguiremos capeando la ola como el ángel de alas
plegadas se guarece ante la avalancha que las doblega

debajo de un árbol que tiene su nombre: cuando
vamos en la carretera el horizonte lo cobija
para que pueda seguir en pie. Allí está:

una orquídea floreciendo en el fango.
Un poco de vocabulario mezclado con la realidad.
Una cuestión de cortesía. Un sextante

apuntando a la muralla.

 

 

 

 

ALTURA

 

 

Vivo en mil novecientos setenta y tres.

Aviones pasan por el aire

 

para acariciarlo como mi madre

cuando me peina. Sueño

 

con desiertos pero tengo cinco años.

El pasaje donde vivimos

 

tiene sólo una salida. Al fondo

hay un portón donde sigue

 

ladrando un perro. No vayas

hasta el fondo. Busca la pelota

 

que se te perdió jugando con tu hermano.

Vivo en mil novecientos setenta y tres

 

me escondo debajo de la cama.

Una vez me oriné en la casa

 

de una vecina. Mis amigos del pasaje

me golpeaban. La casa tenía cemento

 

de barro. El suelo no era todo de cemento.

Vivo en mil novecientos setenta y tres

 

pero nunca tendremos una mascota.

Afuera está la calle y mi hermano

 

es muy grande (tiene siete años.

Mi mamá también es muy grande,

 

le llega al hombro a mi papá.

El chancho de plástico maneja

 

un auto que era de mi hermano.

Todos dormimos en la misma pieza.

 

Mi madre lava la ropa en la batea.

Cepilla con fuerza las camisas.

 

Los cuellos y los puños son los más

difíciles, me dice arrodillada al frente

 

de una tabla de madera donde apoya

los pantalones y los calzoncillos.

 

Le prometo que cuando grande voy

a comprarle una lavadora. Se hacen

 

globos de aire en el agua. Carlos duerme

en el camarote, yo en la de abajo.

 

Discuto con mi amigo y mi madre le da

la razón a mi amigo. Pero si yo soy

 

tu hijo. Pero él tenía la razón.

Mi mamá es muy alta (le llega

 

hasta el hombro a mi papá.

Mi hermano siempre se saca

 

buenas notas. Yo tengo que ser

como mi hermano, cuando sea

 

grande voy a ir al mismo colegio:

voy a ir con su uniforme. Dicen

 

que me escondía debajo de la cama

cuando los aviones pasaban acariciando

 

el cielo como mi madre cuando me peina.

Pero mil novecientos setenta y tres.

 

No es un año ni una fecha. El piso

era de madera hasta donde alcanzara

 

el presupuesto. Es un poste de electricidad.

El muro de una casa. Una dirección

 

que podría ir a visitar. Todavía sigue allí.

Siempre será ese mismo día.

 

Cada vez que abro la puerta

se escucha a los perros ladrar.

 

Cada vez que tomo la mano de mi hija.

Cada vez que hablo con mi mujer.

 

Veo los autos pasar por la calle.

Sé que vienen por nosotros.

 

Mirar a los dos lados antes de cruzar.

Pero mejor que no. Pasa gente caminando.

 

Antes no había portón. Ahora pusieron un portón.

De madera barnizada. Cada vecino tiene una llave.

 

Yo voy a pararme afuera esperando que me abran.

Santa Elena con General Gana. No vayas para el fondo.

 

Mi papá se llama Iván. Mi padre se llama padre.

Sé que vienen por nosotros. ¿Soy yo no más

 

el que escucha clarito ladrando a los perros?

Pásenme una cama porque tengo que empezar a hablar.

 

Ojalá me abrieran la puerta. Todas las casas

estaban pareadas. La de nosotros era la blanca.

 

Cada vez que la cierran es mil novecientos setenta y tres.

Cada vez que pasan por el aire, acariciándolo

 

como mi madre cuando me peina. Sé que tenía

abuelos. Sé que tenía primos. Con casas

 

que tenían suelo en vez de cemento, el barro

sólo se usaba en el campo. El piso estaba

 

en el comedor donde teníamos que sentarnos

a la mesa. Mi madre siempre estaba en la cocina.

 

Era muy alta y me hacía dormir. ¿Pueden escuchar esos ladridos?

¿podrían abrirme por favor?, ¿podrían decirle a mi hermano

 

que estamos en mil novecientos setenta y tres,

que todavía no se ha muerto, que no quiero

 

que se muera? Díganle que mi madre

es muy alta y se puso a gritar. Díganle

 

que mi padre se llama Iván después de todo.

Sé que vienen por nosotros. Acariciándolo.

 

Tal y como se los dije.

 

 

 

 

 

 

EL CIELO PROTECTOR

(albada)

 

 

Mancharemos un poco más las sábanas de ese motel de sábanas manchadas

y camareras que fisgonean más por oficio que indiscreción

y se divierten con lo que ellas creen es una máscara de cerdo

al ver mi rostro contraído al iniciar mis oraciones de espalda y de rodillas

con tal de que no se vengan abajo las catedrales

i tu no salgas corriendo violentamente y sin aviso

antes de que se avecine el alba: aún no ha despuntado el día

en que tengamos que hacer los papeles tú el de una perdida en el desierto

yo el de un poeta con rumbo o sin rumbo pero alejado: sin saber muy bien

de qué pero alejado, distante de no haber otro destino

o un camarote con las sábanas manchadas al cual llegar.

Haremos nuestro el tópico del viajero inmóvil: y no me dejaré vencer

por una sospechosa inclinación hacia la nostalgia

y no pasaré por la puerta del edificio donde vives y no se me agolparán los

recuerdos que no me atreveré a calificar de felices e imborrables:

desde la azotea distinguimos con precisión de anatomistas

el rostro de las constelaciones: pero ninguna tuvo las respuestas

que en otras circunstancias hubiéramos esgrimido ante el rigor de los censores:

hoy, sin embargo, están de nuestra parte y escogeremos el peor de los poemas

de un romanticismo decimonónico y provinciano como el nuestro

para interpretarlo como si fuera una canción de amor más bien piadosa

y apegada con orteguiana tristeza a las circunstancias: los mismos transeúntes

habitualmente parcos y temerosos dejarán de mirar para el lado cuando nos acerquemos

a entregarles como si estuviéramos en la mitad de mil novecientos sesenta y ocho

este riguroso montón de flores plásticas: paraísos naturales y artificiales que en ese momento del

crepúsculo del amanecer o de la noche (cuando amanezca ya te habrás ido) estarán como este

cielo de pacotilla al alcance de tus manos.

 

#

Cristián Gómez O. (Santiago de Chile, 1971); poeta y traductor. Algunos de los libros que ha publicado son Pie quebrado (Amaru, Salamanca, 2004), Como un ciego en una habitación a oscuras (Conaculta, 2005), Alfabeto para nadie (Fuga, 2008) Homenaje a Chester Kallman (Luces de Gálibo, Málga/Barcelona, 2010), La casa de Trotsky (La Isla de Siltolá, Sevilla, 2011), La nieve es nuestra (Liliputienses, Cáceres, 2012, Ediciones Matanzas, Cuba, 2015, Luces de Gálibo, Málaga/Barcelona, 2016), Renga (Liliputienses, Cáceres, 2014/Lumme, Sao Paulo, 2015) y Butterfly (Colectivo Semilla, Bahía Blanca, 2017). Fue miembro del International Writing Program de la Universidad de Iowa, y Writer in Residence at The Banff Center for the Arts, en Alberta, Canada. Junto a Mónica de La Torre, compiló la antología Malditos latinos, malditos sudacas. Poesía hispanoamericana made in USA (El Billa de Lucrecia, 2009, México). Tradujo y compiló, de la misma Mónica de La Torre, la antología Feliz Año Nuevo (Luces de Gálibo, Málaga/Barcelona, 2017) y de Donna Stonecipher tradujo Cosmopolita y Ciudad modelo (Liliputienses, Cáceres, 2014 y 2018 respectivamente).

 

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