“Las lagunas” de Juanjo Conti (EMR)

Capítulo 2

Carlos Pellegrini era también el pueblo de Matías Migliorati. Pero durante ese verano, más que por la exploración de las lagunas, Matías se inclinó por la pileta del Club Atlético Americano. Iba casi todos los días, excepto los domingos. Los domingos a la mañana asistía a misa con su familia y no le permitían ir al club hasta el día siguiente.

El lunes 28 dejó su casa a las nueve y media de la mañana y, con la bicicleta que le habían regalado para Navidad, recorrió las doce cuadras que separaban la casa de los Migliorati de la sede deportiva del club, al otro lado del pueblo. Su escasa indumentaria consistía en un par de ojotas, una malla color azul y un toallón de Tele Oso colgado al cuello. Su piel era blanca a pesar del verano, y su boca de labios finos era poco más que un tajo. Acortó camino por las calles de tierra que daban a la parte de atrás del club. Al llegar, apoyó la bicicleta en uno de los postes blancos que delimitaban el estacionamiento y corrió a la pileta. Antes de entrar, dejó el toallón sobre un cantero de cemento y se metió en las duchas. El chorro estaba helado, pero lo aguantó.

Se tiró de bomba desde uno de los bordes y salpicó a un grupo de señoras que tomaban mate y comían bizcochitos 9 de Oro. No alcanzó a oír sus quejas porque ya estaba nadando hacia donde se encontraba un grupo de chicos dos o tres años menores que él, en la parte honda.

Jugaron casi dos horas. Saltaron, patalearon, flotaron. Tanto que, al final, ya casi no sentía las piernas.

—¿Vamos un rato a lo playo?

Nadando una mezcla de crol con perrito, llegaron a donde el agua no los tapaba. En ese lugar, siempre era más tibia. El cambio de temperatura y la agitación le causaron a Matías una vibración en la entrepierna.

“Tengo que ir al baño”, pensó. Pero no tenía ganas de salir, caminar cincuenta metros y pisar los cerámicos fríos de aquel lugar siempre oscuro y con olor a humedad.

Entonces volvió a su mente la travesura con la que tantas veces había fantaseado: relajar los músculos y dejar que el cuerpo eliminara las toxinas ahí mismo donde se encontraba.

Empezó por mover los dedos de los pies bajo el agua como si tocara un piano submarino. Sacudió los gemelos, movió las rodillas y sacó para afuera la pelvis. Un segundo antes de hacerlo, se detuvo.

—Ni se te ocurra mear en la pileta —le había dicho el verano anterior un chico más grande—. Pusieron en el agua una sustancia importada que reacciona al entrar en contacto con el pis y la tiñe de fucsia.

Matías hizo fuerza para contenerse, apretó los dedos de los pies, cerró las piernas y tiró para atrás la pelvis. Retorciéndose como una lombriz en el aire, subió uno a uno los escalones de metal y salió del agua.

Con los músculos tensos y los dientes apretados, caminó por el borde de la pileta. De pasada, vio que dos chicas lo señalaban entre risas y no atinó más que a acelerar la caminata.

Al llegar, tuvo frente a él lo que se había imaginado. El piso frío y mojado, ese olor a humedad acumulado durante varios veranos y la luz tenue que se arrastraba desde una ventana sucia de tierra. Pero había algo que no estaba en sus cálculos. Entre las duchas y los mingitorios, de pie y desnudo, estaba el viejo Cano. No tenía permitida la entrada al natatorio pero lo dejaban bañarse en el vestuario.

El hombre, alto y de pelo largo, que a veces veía por la calle y del que había oído hablar a sus padres la noche anterior, tenía los brazos extendidos de par en par. Sostenía una toalla vieja con los colores del club apenas reconocibles, que hacía ir y venir por los pliegues de su cuerpo para secarse.

Aquel perfil lo tomó desprevenido. Por un segundo se quedó congelado, como si el frío de los cerámicos antideslizantes le hubiera subido por las piernas. Cuando volvió a tener el control de su cuerpo, solo se le ocurrió decir “perdón” y salir corriendo.

Ya en la seguridad del mundo exterior, buscó un árbol detrás del cual esconderse, se bajó la malla, apuntó a la base del tronco y descargó las ganas contenidas. Hipnotizado, se quedó unos instantes contemplando las burbujas amarillas que el líquido había formado contra la tierra seca.

 

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Juanjo Conti nació en Carlos Prellegrini, provincia de Santa Fe, en 1984. Es ingeniero en Sistemas de Información egresado de la Facultad Regional Santa Fe (UTN). Desarrolló el software de maquetación Automágica, con el que publicó la novela Xolopes (2014) y tres libros de cuentos, Santa Furia, La prueba del dulce de leche y Carne de los dioses. Colabora regularmente con medios digitales e impresos. Actualmente vive el la ciudad de Santa Fe. Las lagunas (2019) fue finalista del Concurso Regional de Nouvelle EMR 2018.

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