Varsovia

(Por Silvina Evangelista)

Varsovia es el nombre de la ciudad fotografiada. En las imágenes se la ve cubierta de esos pequeños cristales de hielo que al agruparse y caer en forma de copos blancos forman lo que conocemos con el nombre de nieve.
Nieve es un nombre femenino. Varsovia también.
Existe una leyenda que cuenta de dónde surge ese nombre. También una historia que se esconde en la ciudad reconstruida.
Las fotografías, sin embargo, no dicen nada más allá de lo que se puede ver. Son planos grandes y alejados, donde lo blanco ilumina todo. Pero en la sala, el artista, nos propone un juego: el de la foto y el objeto.
Un objeto que, al ser puesto en un espacio vacío, adquiere nuevas dimensiones, obligándonos a pensar las relaciones de espacio y tiempo que se establecen entre sí. El mismo recurso es utilizado en cada caso, aunque creando vínculos diferentes: con el pasado, con lo simultáneo y con lo que va a suceder.
Surge entonces una pregunta: ¿es posible el presente? Algo nos lleva a querer saber qué hubo antes, o a querer anticipar lo que habrá después. La imagen fotografiada, en la relación con el objeto, nos hace pensar en lo que no está, en lo que no es, en lo que no existe. La huella es, claramente, el rastro del pasado, de lo que estuvo antes; el objeto igual a sí mismo es lo que asegura la correspondencia de la imagen; y el relato de lo que va a suceder justifica, a través de una lógica narrativa, la incertidumbre del futuro.
Se esboza una especie de lucha de sentidos que pone en tensión los alcances de la representación. La fotografía es un recorte de la realidad que congela una porción de tiempo. Sin embargo, frente a esta imagen, que es estática y fija -casi vacía- algo se mueve: la realidad no puede desprenderse de la certeza del tiempo que pasa y todo lo transforma (la huella durará hasta que la cubra más nieve o hasta que pase otra rueda).
Cuando lo que predomina es la falta de certezas y el azar, el arte “sirve” para justificar, tanto la existencia propia como la de las cosas. Entonces encontramos en él una finalidad práctica, una especie de principio que pone orden a nuestra percepción, subordinando ciertos objetos y ciertas acciones a otros objetos y otras acciones. Esto crea el vínculo entre la imagen fotografiada y el objeto, y en este vínculo encuentra su razón de ser. De este modo, algo puede predecirse: mientras la percepción en cuanto tal es absorbida por la narrativa significativa de los procesos, la experiencia de la duración se impone por sobre aquello que sólo un instante puede captar.

El día viernes 1/06 se inauguró,en la Salita de la Confitería de la Estación Sud (Av.Cerri 860), VARSOVIA // Instalación artística realizada por Francisco Rovira. Para los que se perdieron la inauguración podrán visitarla de miércoles a sábado entre las 17 y 20 hs durante todo el mes de Junio y como bonus track dejamos un texto del propio artista explicando los lineamientos conceptuales de la obra.

Un objeto capturado y abstraído de su emplazamiento natural puede disolverse hasta convertirse en un mero signo deíctico que solo encuentra su sentido en relación a otro.
Se establecen entre ellos relaciones abiertas y recíprocas; unas huellas de autos como anáfora de una rueda, pero al mismo tiempo esa rueda puede ser anáfora de las huellas. De lo plano representado a lo concreto voluminoso y a su vez, del objeto descontextualizado que flota en el vacío blanco de la sala, a lo concreto de una escena contextualizada gracias al uso de encuadres abiertos. Los objetos no salen ni entran a la foto, se sitúan a la distancia necesaria para mantener abierto entre ellos un espacio en el que no cesan de establecerse relaciones hasta el límite en el que la foto deja de ser foto y el objeto se desdibuja al integrar ambos una configuración mayor: -la instalación-, que en este caso lleva el nombre de una ciudad del Este.

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