METER LAS MANOS EN EL ESPACIO DE LAS TENSIONES (Entrevista a Sergio Raimondi edición DeLuxe 2013)

POR Nicolás Guglielmetti

La entrevista a Raimondi comenzó mucho antes, calculo 2003 o 2004, cuando estos devenidos entrevistadores eran apenas conocidos y este tipo nos empezó a meter una batería de elementos heterogéneos junto con las primeras lecturas universitarias. Recuerdo, como si fuera hoy, esa pregunta que resaltaba en el pizarrón: “¿qué hace la literatura?”. Había un modo sistemático de interrelacionar que ponía todo en juego, hasta que de pronto aparecía la pregunta: “¿Cómo llegamos hasta acá?”; sí, esa era su muletilla de cabecera, mientras revolvía las precoces canas a la altura de la bocha, como si en ese masaje se fueran mixturando las ideas.
¿Cuánto habrá quedado de ese Raimondi en relación con éste que se pone al frente de la gestión pública? ¿Cómo nos recibirá en su lugar y cuán eficaces y competentes serán nuestras respectivas lecturas sobre Poesía Civil y el tramado de este escriba y su titánica empresa de refundar una ciudad desde la poesía?
Sin embargo, esa adrenalina se va disolviendo a medida que pasamos el triángulo y se descubren el cordón industrial y los puntos de referencia que nos son conocidos en Ingeniero White: la escuela técnica, el frigorífico de pescado, las glorietas de la avenida de ingreso, el Club Comercial, la calle empinada y empedrada de la zona de luces rojas y al fondo, bien al fondo, y antes de adivinar el agua tras los containers, la barcaza de madera amarilla que antecede al Museo del Puerto. Unas gotas revientan contra el parabrisas.
Como siempre ocurre con Raimondi, vamos a volver con otra visión, no sólo de la ciudad sino del mundo. A lo largo de la extensa charla, aparte del paseo por la zona del muelle multipropósito y el muelle de Cargill, Raimondi expondrá los ritos de su proceso creativo, se situará como docente latinoamericano, nos alertará sobre el riesgo de los localismos, diagnosticará sobre el estado del campo cultural, los modos de circulación de la poesía y, sobre todas las cosas, nos llenará de preguntas sobre nuestra condición de interventores en el campo cultural, preguntas que deberían validarse para legitimar nuestro espacio e inclusive ciertas miradas ingenuas sobre el dragado.
Suena Gardel, suenan los dedos de Sergio con la quirúrgica pose del filólogo que explica la formación. Reímos y nos ponemos serios.
Bienvenidos al mundo Raimondi, un espacio de tensiones donde nada es casualidad.

MATEÍSMO

-Y, ¿qué hacemos? ¿Por dónde empezamos? ¿Por el mateísmo?

– Está bien… Supongo que básicamente la experiencia del Mateísmo significó replantear desde la práctica los modos de circulación de la poesía. Si no me equivoco, cuando nosotros éramos muy jóvenes, la poesía en Bahía Blanca era un fenómeno que ocurría básicamente entre cuatro paredes. A ver, Bahía Blanca es una ciudad con una historia militar muy potente radicalizada a lo largo de todo el siglo, marcada tanto o más que a nivel nacional por los golpes de Estado y sus consecuencias políticas y sociales. Ni hablar de la significación que en esa historia tienen, por ejemplo, los aviones que salieron de la Base Aeronaval “Comandante Espora” cuando el golpe del ’55, o los pasos de Astiz a través de la plaza Rivadavia. Toda esa historia se termina concentrando intensamente en la dictadura y eso da el clima represivo general que se vivía en la ciudad cuando nosotros estábamos en la secundaria. La circulación acotada de la poesía en círculos privilegiados es entonces una consecuencia de ese estado de situación.
En ese marco, la acción del grupo mateísta fue una respuesta también política, porque de hecho el antecedente de nuestra práctica no hay que buscarlo en una tradición literaria sino en un acontecimiento político: la emergencia, con la recuperación democrática y las elecciones, de las pintadas partidarias y demás. De hecho el paredón de la calle Chiclana, que pintamos en varias ocasiones, fue uno de esos paredones privilegiados cuando el ’83. Entonces el mateísmo puso en cuestionamiento espacios acostumbrados y más bien específicos para habilitar otros: un panfleto que se reparte en una esquina, una revista en una garita de colectivos, y obvio alguna pared. Se trató de prácticas tendientes a modificar la circulación de la poesía, y de ponerla en relación con un público no especializado. A grandes rasgos, podría decirse que el gesto consistió en trasladar la palabra del poema de un ámbito privado a un ámbito público, ¿no?

No, de verdad, en términos estrictamente poéticos, no termino de tener muy en claro qué escribíamos, más allá de ciertos giros que implicaban el descubrimiento de la poesía de los ’60, tanto argentina como latinoamericana y, de la primera, cierta fascinación por una mitología barrial con la que mirábamos la vida que en general llevábamos en los barrios de las vías para la loma. Por eso me parece más pertinente pensar el mateísmo desde la práctica concreta de experimentar otros modos de circulación y, sobre todo también, de intervención sobre la ciudad.

TENTATIVAS DE AGOTAR UN LUGAR

-En relación con eso, uno puede pensar que si hay un recorrido común que puede trazarse entre los poetas mateístas, es que siguieron produciendo en la ciudad con una mirada no pintoresca de la ciudad sino haciendo una lectura crítica, un desmenuzamiento de los detalles que construyen la representación de la ciudad…

-Puede ser, sí. En mi caso particular, creo que, desde otras instancias de indagación, esa perspectiva se va a potenciar con mi experiencia laboral en el Museo del Puerto. A ver, no me termina de resultar del todo interesante la vida personal, pero bueno, si lo pensamos en términos menos anecdóticos… Hagamos un experimento: vos tenés un estudiante formado en la Universidad del Sur con la Biblioteca Marasso en la cabeza y de repente lo hacés bajar de un colectivo en Villa Rosas y lo ponés a entrevistar a un inmigrante croata llegado en 1926 que te cuenta acerca de la construcción del muelle nacional en un español construido también con hormigón armado… Puede ser un impacto fuerte.
Porque nuestra formación académica es una formación con serias fallas a la hora de pretender un estudiante que pueda manejarse con otros ordenes textuales que no sean los de tomar las palabras del inmigrante para hacer una tesis sobre variación lingüística, por ejemplo. No sé si estamos formados para reconocer ahí una trama social, política, económica. Inclusive diría que en términos generales nuestra formación en muchas ocasiones corre el riesgo de resultar atemporal. Pero hagamos el ejercicio ahora de corrernos aún más de la anécdota. La pregunta a la hora de dar clase, y a la hora de la auto-indagación, debería ser: ¿qué lee un tipo educado por el Estado? ¿Qué herramientas tiene un tipo educado por el Estado? ¿Cuáles el que no? ¿Cuáles son las herramientas que tiene para resolver las contradicciones que esa educación le genera?

-Como que está establecido que no podés pasar por la Universidad sin leer esto, esto y esto. Como que lo importante es que hay que leer determinadas obras y no el por qué son importantes.

-No sé si es eso. Por ahí puede suponerse que no podés salir de la universidad sin tu repertorio de Horacios, Cervantes y Garcilasos… Perfecto. Pero estaría bueno que aún con esos materiales pudiésemos hacernos esta pregunta: ¿qué vínculos puedo encontrar entre Horacio y la ciudad donde vivo? Yo preferiría que esa pregunta esté, que nuestra formación sea una formación situada. Me parece que sería estratégico tanto para nosotros como estudiantes como también para los textos. Porque está bueno poder plantearle a los textos preguntas que vienen de otros órdenes vitales. Es más, tengo la sensación de que con mayor o menor conciencia, nuestra universidad surge con esa idea, una idea que (tal vez me equivoque) se ha mantenido más en aquellas carreras que no son las humanísticas. Como si nos fuera permitido a los de Humanidades vivir en cualquier ciudad, o se diese por descontado que, más allá de estar en Bahía Blanca, los de Humanidades siempre solemos deambular por alguna ciudad paralela.
De hecho está, por lo menos el problema, de la relación entre el conocimiento y la producción. No hay que distraer ese vínculo. En muchas ocasiones cuando doy clases en el aula 1, si están levantadas las persianas del fondo, se puede ver la silueta del Polo Petroquímico. ¿Qué tengo que hacer? ¿Hago que no lo veo para dar clases? ¿O lo veo y considero que ese mundo de la producción es completamente ajeno a lo que se está produciendo en el aula? Tratar de ver el modo en que dar una clase de literatura signifique pensar en nuestro tiempo y en nuestro espacio tiene que ser un objetivo. ¿O creen que eso sucede por enseñar literatura contemporánea? Quiero decir, ¿qué enseñar el Quijote nos libera de ese problema? Para mí es un tema fundamental en nuestra formación como docentes: cómo construir un saber en relación a los problemas y los saberes locales y territoriales. Esta ciudad sería más habitable, más amable, si empezáramos a pensarla, a verla, a interrogarla desde cada práctica. Sería un modo de habilitar una relación más densa con nuestro espacio, que además es local en varias escalas.

LA TAREA Y LA MODA DE LA “INCLUSIÓN”

-El clima se apodera de nosotros. Pasáme otro mate horrible, dice Sergio. Charlamos sobre nuestra experiencia, nuestra inquietud de poner a Cummings en manos de un vecino a un precio módico y todo tipo de vericuetos que debimos sortear por inconscientes o idealistas. Raimondi ve parte de la llama, asiente, toma aire. Aunque nuestra realidad actual como publicación exclusivamente cultural independiente cambie las cosas, la idea siempre fue que los textos trasciendan el círculo estrictamente literario…

-Sí aunque… No sé si se trata de poner la publicación a un precio módico. Eso puede ser un elemento, pero me parece que la cuestión más solida tiene que ver con la pregunta por los objetivos de lo que hacemos, y por el reconocimiento de los diferentes niveles que hacen a una ciudad como espacio social. Hoy en día está muy de moda el adjetivo inclusivo/inclusiva. Obviamente que se trata en un punto de eso; pero me hace ruido esa palabra. Es una palabra cómoda que puede generar como consecuencia la idea de que la cultura es un espacio donde todos convivimos armónicamente cuando en realidad la cultura es un espacio de tensiones. Y tal vez la parte más atractiva de quienes actuamos en el campo cultural sea la de trabajar con esas tensiones sin suprimirlas: tal vez lo más interesante sea que no coincidan las versiones de lo que se entiende por cultura, de lo que se entiende por ciudad. Digamos, ¿es Bahía Blanca una ciudad que puede convivir con diferentes versiones de sí misma?

EL MUNDO INMANENTE Y LA COCINA DEL ESCRITOR

-Parece ineludible pensar, y claramente lo especificás en el prólogo de la reedición de 17 grises, que los poemas de Poesía Civil no pueden leerse sin que cada tanto se levante la cabeza para ver la chimenea de la Termoeléctrica. La lectura situada, digamos. Además que el lector puede encontrarse con polvillo de cereal en algunos poemas o cuando se relaciona el asesinato de Watu, el poema dice que en vez de dibujar la hoz comunista, en este pasillo donde murió Watu, habría que tirar cereal podrido y ahí estarían los ácaros, los bichos muertos, porque ahí hay una relación con la muerte de Watu y este gremio de Recibidores de Granos, una trama compleja que representa, entre otras cosas, el trabajo de desglose de un sólido entramado de relaciones en otros niveles de producción: el económico, el político, el social. Como que en Poesía Civil se está tratando de desarmar ese entramado…

-En general, prefiero concebir la escritura en ese sentido: como un modo de pensar que habilita ciertas perspectivas que habitualmente los discursos más específicos y disciplinares no habilitan. O sea, el verso puede ser un ámbito donde se alojan simultáneamente La Eneida y un discurso de Julio Argentino Roca, el testimonio de un estibador inmigrante y la leyenda de una tapa de Gas del Estado, aunque lo que importa suele ser menos esa heterogeneidad que la precisión o la pertinencia de su articulación. Efectivamente, es posible que en Poesía civil haya una voluntad de desarmar ciertos discursos en torno a la ciudad y a la nación y de volver a armar otros a partir de materiales diversos, no muy tenidos en cuenta. En el poema sobre Watu, por ejemplo, se propone pensar ese asesinato en el marco de los preliminares de la dictadura, en relación al funcionamiento de ciertos sindicatos y sobre todo de las prácticas asimiladas históricamente del paradigma productivo, la exportación de cereal. Por eso de algún modo la pregunta era: ¿qué pasa si esa hoz, en vez de ser solo la hoz de una bandera reconocida (y por supuesto también de un partido político), permitiese pensar en el trigo que se estaba exportando por el puerto de Bahía Blanca y en las acciones de un recibidor? Es decir, ¿qué pasaría si esa hoz, ya una especie de ícono, se pusiera a funcionar en un sentido utilitario en el orden de las inmanencias?

CANGREJALES, LECTORES Y DRAGADO

-Uno de los temas fundamentales a los hacés referencia en el prólogo de Poesía Civil (reedición 2010) es al del Departamento de Humanidades y sus creadores, y eso ya está en el único emblema que se usa en la tapa del libro. Ahí se desata otra vez la trama, donde el poeta lo relaciona con los cangrejos que salen cuando se levantan las gomas.
Sí, ahí hay una referencia a un emblema que usó Ciocchini para uno de sus libros editados por la universidad en 1968, creo, y también una referencia al muelle de Cerri que, entre paréntesis, es uno de los lugares más increíbles del planeta. Ahí, cuando baja la marea, se puede ver una serie de cubiertas que permiten atar las pequeñas embarcaciones y, si caminás con cuidado sobre el barro, te acercás y levantás una, podés ver cientos de cangrejos en general muy pequeños. Yo alcancé a reconocer algunos cangrejales en la zona de Ingeniero White, en realidad más para el lado de puerto Galván, cuando empecé a trabajar en el museo hacia 1992, entonces todavía no se había extendido el cordón industrial del Polo Petroquímico del modo que se terminó extendiendo tras las privatizaciones a fines de esa década, y efectivamente hoy Cerri es un espacio donde se puede reconocer (junto al exmuelle ferroviario del frigorífico Sansinena) parte de ese espacio que el desarrollo industrial desalojó en esta zona de White.

-¿Y ahora?

-¿Ahora qué? ¿Con respecto al dragado, decís? Digamos que yo tengo una relación… Fíjense que a lo largo de Poesía civil el Polo Petroquímico no está trabajado desde el problema de la contaminación si es que la pregunta viene por ahí. Creo que pensarlo desde ese lugar es, no voy a decir ingenuo, pero sí acotado, más allá de que evidentemente la agenda medio-ambiental sea tal vez una de las agendas con mayor cantidad de tareas por delante. Pero el tema del Polo Petroquímico prefiero concebirlo en un sentido más complejo. En ese entonces, cuando escribía los poemas del libro, año 2000 por ejemplo, este país era otro, y yo prefería pensar esa industria menos en relación a la contaminación que al proceso de las privatizaciones, al arribo de las multinacionales y a la genealogía de esa narrativa que se concentra en el período neoliberal y que se remonta a Frondizi además de, evidentemente, a la última dictadura.
A ver, la historia misma del Polo es tan densa como el cloro, porque por supuesto en sus inicios tiene que ver con una parte de la historia militar en la Argentina que hemos dejado de contar dado que se terminó imponiendo la visión militar tramada por la dictadura, que es la historia del vínculo fuerte que en el siglo XX tiene una parte del ejército con la consideración de la industria como posibilidad de desarrollo: ahí está el caso de Mosconi.
Por si hiciera falta que lo aclarase, lo aclaro: no soy un anti-industrialista; para mí los procesos de industrialización pueden ser posibilidades concretas de avance social. Sin duda, esos procesos deben ser sopesados en relación a la pregunta y a la consideración simultánea de los beneficios generales para la sociedad, y claramente en la década de los ’90, durante las presidencias consecutivas de Menem, lo que sucedió en White fue casi literalmente fatal, porque lo que se daba era un desequilibrio fundamental entre el poder arbitrario de esas empresas, que suponían una inversión y una renta medible en millones y millones de dólares, y la vida diaria de los vecinos de Ingeniero White, completamente al margen de cualquier bienestar ligado a esas radicaciones.
En esos años de fines de los ‘90 efectivamente se dio, esto junto a las consecuencias de las privatizaciones (ferrocarril, Junta Nacional de Granos, etc.) una intervención definitiva de las tramas sociales de la comunidad, muchas de ellas sostenidas por décadas y más décadas de estado de bienestar. Pero bueno, ¿cuál fue la ausencia notoria en todo ese proceso de los ‘90? Evidentemente la ausencia del Estado, la ausencia del Estado en su capacidad de intervención en el mercado; o en todo caso su presencia en otra forma mucho menos justa. Por eso insisto que, por un lado, no se trata de una cuestión de contaminación simplemente, y, por otro, que una consideración actual sobre la situación debe reconocer que la figura y la presencia del Estado hoy tiene un peso que una década atrás no tenía.
Bueno, pero, retomando: ¿fueron ustedes alguna vez al muelle de Cerri al atardecer? Ese muelle, históricamente el del frigorífico Sansinena, fue un muelle ligado a la historia fuerte de aquel sector con la carne, y hoy básicamente lo utilizan los pescadores. De hecho, hay un club con su cantina, etc. Pero efectivamente desde ahí se puede tener una visión de Bahía Blanca como habitualmente no solemos tenerla; como si solo desde allí se empezara a poder comprender el nombre que nos reúne: el de Bahía Blanca, digo. Se ve la ciudad allá enfrente, en todo caso su volumen de edificios en altura, y también se ve, a la derecha, la posta de inflamables de Galván y parte de los muelles de White, supongo que el de Cargill… Se ve el contorno de la costa junto a la que se empezó a esbozar una ciudad, ¡y sobre todo se ve la ría! Sí, la ría…
Ah, a mí cuando acá en Bahía Blanca se habla del mar me viene, no sé si decir angustia… Pero sí algo parecido. ¡¿Cómo el mar?! ¡¿Qué mar?! ¡Dónde viste el mar en Bahía Blanca! ¡Si no hay ninguno! ¿Ven? Hay tanto para seguir pensando este espacio… Ya decir “mar” es de algún modo una distracción mental; decir “mar” es aceptar que no vivimos en este territorio, que hay una negatividad destinada a impedir la aceptación de las particularidades del espacio propio, con todas las consecuencias que eso puede tener. Porque además este tema es como el del nombre de la ciudad al que hacía referencia hace un rato. Si vos decís “Bahía Blanca” ante quien no es de acá, quien te oye probablemente se haga una percepción de la ciudad (abierta, marítima, luminosa) que solo puede terminar produciendo una gran decepción. Fíjense la distancia que se plantea entre el nombre y la cosa; es como si los ciudadanos de Bahía Blanca estuviéramos tramados por una relación deceptiva entre la palabra y la cosa. Porque si queremos ver el mar hagamos, no sé, cien kilómetros y listo: ahí está, es hermoso, disfrutemos del rumor de las olas, perdamos nuestra sensibilidad en ese horizonte ilimitado, bla bla bla… ¡Pero acá hay una ría!
Una ría, no solo una palabra con enormes sugerencias, sino sobre todo un espacio efectivamente complejo, compuesto de movimientos de mareas, desembocaduras, canales de mayor y menor tamaño, islas con su propia flora y fauna, etc. ¡Hasta no sé si no es más interesante que el mar, que en definitiva es un montón de agua más o menos parecida! Yo creo de verdad que hay que afinar los instrumentos para detectar que vivimos en un territorio privilegiado con un accidente como la ría que, y volvemos al tema del dragado, para tener puertos como los que tiene, tuvo que ser dragada una y otra vez desde fines del siglo XIX… De hecho ya hoy existen islas en la ría que son el producto de operaciones de dragado. Islas con sus aves descansando en el barro producto del refulado. Un espacio donde evidentemente la naturaleza, si hoy podemos seguir usando ese término sin hacer un millón doscientos cuatro aclaraciones, está tramada por el trabajo y la dinámica social… Para la Naturaleza con mayúscula de última habrá que irse al Bolsón, que por otro lado ya es una construcción más cultural que natural, ¿qué dicen?

-Bueno, vos te referías al muelle de Cerri y a la necesidad de reconocer las características particulares de la ría, pero digamos también que la gente no tiene acceso a ese paisaje…

-Es cierto, sí. Pero ahí hay un trabajo por hacer también. Yo estoy convencido de que un trabajo de política cultural debería suponer un programa destinado al reconocimiento del territorio. Eso por supuesto implica reconocer que el desarrollo industrial de fines de los ’90, en lo que es Ingeniero White, cubrió ya casi totalmente el espacio entre comillas natural de la costa; pero en todo caso también habría que estudiar y considerar, de algún modo, las diferentes perspectivas industriales o específicamente portuarias con las que se pensó esta ciudad desde fines del siglo XIX y en distintos momentos del siglo XX. Porque es probable que la relación equívoca e histórica de la sociedad bahiense con su costa o sector atlántico también sea el de su relación equívoca e histórica con la industria. Acá la costa es cangrejal e industria también o, casi diría, simultáneamente.

EL FACTOR FILOLÓGICO, LA FORMACIÓN DEL MAESTRO

-Hiciste referencia a la insignia y la relación con Cerri, y quería preguntarte si no veías ahí un sentido de pertenencia y al Departamento de Humanidades como modelo de producción. Ya sabemos más o menos qué dificultades observás en la educación universitaria, ahora nos gustaría nos pudieras decir qué herramientas te ofreció…

-Déjenme pensar… Bueno, en principio el aula es una posibilidad de un hacer colectivo; eso se percibe con mayor eficacia en un ámbito público. Yo creo que la educación pública en su mejor versión puede entregar la idea o la perspectiva de que lo público se hace colectivamente y que el conocimiento también es una producción colectiva. Después, en términos más específicos, más particulares, estudiar literatura en la universidad me dio una percepción del texto, sobre todo del poema, como un objeto a considerar con cierto grado de minucia. Supongo que eso proviene del aprendizaje de las letras clásicas: cuatro griegos y cuatro latines, cuatro años para aprender que trabajar con la literatura implica trabajar con un texto, sentarse con un texto, diez fibras de colores y empezar a marcar. Esa idea del texto como objeto complejo, esa predisposición de algún modo filológica, proviene de esa formación. Es el desarrollo de una conciencia que te puede llevar en algún momento a pensar “ojo, que en esta coma está todo… ¡está todo, eh!”.
Pero claro, para poder decir “está todo” tienen que venir además un montón de otros niveles y perspectivas, porque la filología en sí puede ser poco histórica o excesivamente inmanente. Y en realidad en el texto está todo si podemos considerar el texto en el mundo. Para mí fue una transformación, casi un aprendizaje paralelo, salir de esa inmanencia, y tal vez en mi historia personal el Museo del Puerto fue el espacio clave desde el que hice mis intentos por sacar la cabeza del texto como único punto de partida y de llegada. De algún modo parte de mi formación puede resumirse en el tiempo que pudo demandarme empezar a preguntarme por el vínculo entre un adjetivo de un hexámetro de Propercio y la chimenea de la Termoeléctrica Luis Piedrabuena.

LA COCINA DEL ESCRITOR, OTRA VEZ

-Vos decís, en el prólogo de Poesía Civil, algo así como que la totalidad compleja también está en los detalles: si querés entender esto, andá al patio de Pedro Quinter; si querés entender la flexibilización laboral, las privatizaciones, la redefinición del Estado, fijáte en los pescadores artesanales; si querés entender la División Internacional del Trabajo andá al Monumento a los Ingleses que está en la plaza Rivadavia, también. Y pensaba que, aunque no me cierra pensar que esa es la herramienta de Poesía Civil, porque también hay un sostenido trabajo de investigación, parece ser una práctica de la experiencia. Experienciar el espacio, digamos. ¿Qué pensás de eso?

-¡Que difíciles se están poniendo! Supongo que tiene un lugar la experiencia, pero supongo también que con la experiencia no alcanza. De hecho a veces la experiencia no hace más que replicar lo que ya está dado. Por eso la necesidad de la indagación, de la investigación, de las lecturas, del estudio. Hace falta indagar aquello que suele no analizarse, o que no es tenido en cuenta, y hace falta también poder variar los objetos de indagación. Hay un texto de Bourdieu, en un libro titulado La miseria del mundo, es básicamente un estudio sociológico, donde dice, no me voy a acordar con exactitud: “hay que aprender a mirar Cabildo con la mirada que usualmente le ofrecemos a ciudades como Constantinopla”. Obviamente no habla de Cabildo, sino de algún pueblo pequeño de Francia, pero uno podría aplicarlo a Cabildo, o a nuestra propia ciudad.

Ahí efectivamente la cuestión radica en cómo nuestra formación ha privilegiado un tipo de mirada interesada o escrutadora para ciertos objetos y no para otros; o sea, ¿por qué, de verdad, por qué estaríamos tan convencidos de que sin duda Constantinopla es un objeto más complejo que la localidad de Cabildo? Y también señala, en ese pasaje, lo que creo no desarrolla para no meterse en problemas, pero que de algún modo constituye un esbozo de programa. Dice: “habría que poder escuchar las palabras de un obrero metalúrgico con la concentración y disposición que le ofrecemos a las grandes obras de la filosofía y la poesía”. Ahí hay todo un programa de tareas. Porque en este caso la curiosidad está en la posibilidad de enfocar, digamos, el aparato denso de lectura propio de la literatura a órdenes textuales menos prestigiosos, menos sublimes.

-¿Y tu proceso creativo? ¿Cuándo se pone en marcha?

-Ah, sí, es un gran problema la cuestión del tiempo. Escribir supone resolver ese uso de tiempo en relación con el tiempo de los trabajos habituales, pero también con los tiempos de la relación con el hijo, la novia… Supone cómo piensa uno su alimentación, la relación con su cuerpo, hay un montón de temas que se ponen en escena, sobre todo cuando se escribe para determinado proyecto con determinada extensión. Yo tengo como una tendencia a planificar, pero después… Sospecho que planifico mal, errado, sin una consideración inteligente o lo suficientemente estratégica. De todos modos trato de organizarme sin pensar que ese momento de la escritura sea un momento sacro. Trato de aprender a considerar que, cuando estoy charlando con ustedes esto no está desvinculado de la práctica de escritura, tampoco cuando estoy trabajando en el museo, por más que haya millones de mediaciones entre una cosa y otra.

EL PELIGRO DE LOS LOCALISMOS
-Cómo definirías a la literatura bahiense…
-¿Saben que no soy muy amigo de los localismos? Tanta intensidad puesta en la atención al territorio, al cangrejo ese que está bajo la cubierta en Cerri… Pero bueno, por ahí es un buen momento para hacer una aclaración. Porque, a ver, esa indagación de lo local no tiene ninguna justificación ni interés si no implica simultáneamente una distancia con respecto a esa escala. Si no permite considerar eso local en relación, no sé, a lo regional, a lo nacional, a lo continental, ¡a lo mundial inclusive! Miren, ahora en un rato podríamos ir hasta el muelle multipropósito. Creo que ponerse a ver esas pilas de contenedores que han estado en los más diversos muelles del mundo puede ser un buen ejercicio práctico para curarse de localismos.
Por eso lo local tiene que ser parte de una mirada simultáneamente universal. Si la mirada sobre lo local no está tramada en ninguna consideración más general se vuelve una adscripción cerrada, sin casi ningún valor salvo el anecdótico. Fíjense que a veces se da un juego con ciertas identidades barriales, que hacen del barrio el universo… Eso es un problema. Porque ningún aspecto de la cultura, digamos, de Bahía Blanca o de la región pueden tener un valor intrínseco al margen de la trama que las conecta con otras escalas, y esa mirada es responsabilidad de quien la produce. Volviendo al ejemplo de Bourdieu, cuando propone mirar Cabildo con la mirada que podríamos ejercer sobre Constantinopla, esa mirada incluye mirar Cabildo como un sitio donde se conjugan la extensión y las tensiones del mundo, porque si es mirar Cabildo para creer que ahí está el sentido exacto de una identidad, eso para mí termina siendo exactamente reaccionario. Prefiero reconocer un sentido territorial y, simultáneamente, el enorme peligro de los localismos.

GESTIÓN PÚBLICA, CAMPO CULTURAL Y MUNDO ORDINARIO

Si hacemos un diagnóstico donde el que diagnostica está incluido en el objeto diagnosticado, podría decir que históricamente esta ha sido una ciudad ensimismada, con dificultades para poner en relación distintos, ¿cómo decirlo?, cuerpos sociales, que se desarrollaron al margen unos de otros. Pero ojo que eso que sucede en Bahía Blanca en el campo cultural no está desvinculado de un movimiento histórico general de la ciudad para el cual existen varias causas. Efectivamente, la percepción de Bahía Blanca como una ciudad cerrada y conservadora es una construcción ligada a factores de poder históricos de los que hablamos me parece al inicio de la entrevista. La presencia de las tres fuerzas en la región, más un proyecto mediático a su medida, sin duda debe haber tenido efectos decisivos.
Pero hay que ver hasta qué punto esa percepción de la ciudad, cerrada, conservadora, inclusive militarizada, no es ya hoy en un punto anacrónica. Desde esta perspectiva, una de las tareas debería ser indagar y reelaborar esa percepción en busca de imágenes y relatos más apropiados a este presente. Porque por supuesto estos casi 30 años de democracia no han transcurrido tampoco sin efectos, y de hecho hay proyectos, bueno, déjenme decirlo, como este del Museo del Puerto, donde con mayor o menor eficacia se han puesto en cuestión algunas de esas categorías habitualmente asociadas a la ciudad. Sobre todo porque probablemente un tema decisivo en esta cuestión sea el de los modos de entender la cultura. Por ahí me paso de rosca, pero en verdad yo creo que a esa ciudad conservadora le corresponde un entendimiento de la cultura en términos acotados, y que efectivamente trabajar en torno a la percepción de la ciudad y a la transformación de esa percepción en un sentido dinámico, implica también tratar de evitar que cuando hablamos de cultura pensemos inmediatamente en el Teatro Municipal y no se nos ocurra asociarlo con las maniobras que hace el tipo que maneja el sampi acá a unos metros.
Porque parte de nuestro trabajo consiste en dejar en claro que cuando se habla, se piensa, se debate sobre cultura, en realidad no se está debatiendo simplemente sobre las famosas artes. O sea, el concepto de cultura incluye las prácticas artísticas pero las excede completamente. Y no se trata tampoco de habilitar un arte informado de un contenido social o popular; se trata de la capacidad para reconocer la información y los saberes propios y más o menos actualizados de lo que podría llamarse con prudencia cultura popular. Vuelvo al Museo del Puerto entonces, porque yo creo que tal vez una de las mayores intervenciones de esta institución ha sido la de, justamente, instalar, no, no estoy seguro si instalar, pero sí proponer un entendimiento de la cultura como un espacio de prácticas donde está incluida la acción de un pescador artesanal o la de una cocinera que prepara un bizcochuelo.
Ahora, también otra cuestión que se me ocurre puede ser tema de una agenda en este sentido es, vuelvo a eso que llamamos arte, el de la posición de la percepción de los artistas o, digamos, de un artista genérico o con un porcentaje determinado de arquetipo. Creo que ese artista, no voy a decir desde épocas remotas, pero sí desde hace dos siglos por lo menos, se constituye a sí mismo a partir de una confrontación: qué sé yo, confrontación con su sociedad en los peores casos, confrontación con el mundo de la política o del Estado, confrontación con el, por supuesto, capitalismo y sus tentáculos omnívoros, etc., y por supuesto esa narración de la ciudad en términos cerrados, conservadores y hasta militares le puede resultar un ámbito perfecto desde donde emerger y actuar.
Yo creo que estos tiempos actuales ameritan al menos hacer el ejercicio de revisar la eficacia de esa constitución histórica y meramente confrontativa. Por supuesto que no me refiero a la suspensión de ningún sentido crítico, sino a la tendencia y a la afinación de ese sentido, a su utilidad práctica. Claro, de algún modo en las clases de Contemporánea 2, creo, tratamos juntos de ver cuál era la historia de esa constitución, y las consecuencias de distintos posicionamientos, ¿no? Por ahí exagero, pero me parece que corresponde al menos indagar hasta qué punto ese sentido de la confrontación con la actuación política o ya más ampliamente con el Estado no responden solo a esa historia general y romántica sino también a la propia historia argentina y latinoamericana de más de medio siglo de golpes militares que machacaron sobre las cabezas de las últimas generaciones acerca del descrédito sobre la política como tarea diaria de transformación y acerca del Estado en su capacidad de intervenir con un sentido equitativo de la sociedad. Hay muchos muertos además en esa historia, de todo tipo, e inclusive habría que ver si esa operación de descrédito no se continúa de hecho durante la década del ’90. Sí, se continúa; así que hacéte cargo si la mantenés.
Pero lo que quiero decir es hasta qué punto esa posición de resistencia con la que el artista promedio se asume no mantiene un grado medianamente alto de idealismo. De idealismo en su capacidad concreta de operar en el mundo; porque tranquilamente puede haber un posicionamiento crítico que siempre te deje, ¿cuál es la palabra?, intocado, intacto con respecto a las miserias y los intereses del mundo cotidiano donde se produce nada más y nada menos la vida. Por ahí me equivoco, pero para mí este tiempo deja en evidencia los límites de esa postura. No quiero ser un alma blanca siempre del lado de la bondad; no quiero vivir en un mundo atemporal. Prefiero meter los pies en el barro, hacer un movimiento con respecto a mi propia formación también altamente idealista, y también operar en esa formación histórica y social de descrédito sobre la política y lo estatal. Prefiero meter los pies en el barro, de verdad. Sabiendo que en este caso ese barro no es ni siquiera metafórico, ja. ¡Es el barro de la ría de Bahía Blanca! El mismo barro con el que operan las benditas dragas.
En fin, esta debe ser la perspectiva a partir de la cual asumo lo que hago, ya sea en la poesía, ahora bastante bastante relegada, la verdad, o cuando estoy al frente de una clase o en el trabajo en el Museo del Puerto o ahora en el Instituto. Puede que sean distintas tareas, o distintas perspicacias, pero aún con cierta consideración sobre las diferencias entre ellas, prefiero pensar en sus zonas de permeabilidad o, mejor aún, en una tendencia común. Y en definitiva una posibilidad de reconocimiento de esa tendencia común es, con distintos matices, el de la intervención sobre lo público. Cuando doy clases, cuando estoy trabajando en un cargo en el municipio o inclusive cuando escribo siento de algún modo la responsabilidad de una tarea que es pública, que es común. O sea, que es excepcionalmente ordinaria.

-La charla sigue de camino por la zona donde decidimos hacer las fotos. Vamos a ver “el mar”, digo, y empezamos a reír. Iremos a caminar por los contenedores del Puerto y Raimondi seguirá haciendo cada vez más heterodoxa la biblioteca de estos tres alumnos, ocho años después, NEXO artes & culturasmediante.

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