FLORENCIA SÁNCHEZ FORTE

(Por Lourdes López)

 

Hace poco se recibió en el Profesorado en Letras una de las personas más creativas del mundo.  En el día de hoy, sigue estudiando en la Escuela de Teatro. A Florencia Sánchez Forte la conocí en la EAPP (Escuela Argentina de Producción Poética), con sus poemas-guiones, cargados de imágenes ultra-potentes.  Además de su docencia, y de su afición por las artes escénicas, también es militante en la agrupación Mala Junta, por lo que no es raro encontrarla en las calles vestida de violeta y verde.

Todas estas características son importantes para leerla, porque en toda su poética va a estar presente la lucha junto a las minorías, siendo la ironía su escudo y su espada.

Puedo decir que no sé pero estoy volviendo”. Así empieza uno de los tantos increíbles poemas de Florencia Forte, quien se va a presentar en el próximo Nubosidad Variable. No sabemos qué está sucediendo, pero una vez que leemos a Florencia, hay una vuelta atrás: una lámpara se prende, una voz se aproxima, las sombras juegan con nuestros recuerdos. Volvemos a una infancia desconocida, experimentamos una juventud irreconocible, pero que está ahí, en nuestras percepciones. Es como plantea José Emilio Pacheco: “Llamo poesía a ese lugar del encuentro con la experiencia ajena”. Nos sentimos identificados con cada experiencia plasmada, con cada sentimiento, pero también nos hace analizar nuestras percepciones, nuestras acciones en el pasado. Es una construcción de la memoria alternativa a la Historia clásica, porque es recordar a través de un camino de poesía que desnaturaliza, que hace de nuestras vivencias un objeto frente a nuestros ojos, que nos hace reflexionar a través del contraste de nuestras experiencias con las que están plasmadas en voz irónica.

Leer a Florencia es como volver al teatro, sintiéndonos maravillados cuando la voz de los actores nos hablaba, y manteníamos un pacto de silencio. Pero la observación nunca se detenía.  A través de su palabra, los objetos que la acompañan, aparecen frente a nosotros. Un candado, el color azul, un compás de luz. Nos sorprendemos, como si fuera la primera vez que los viéramos. Es como si, al nombrarlos, se materializaran y desaparecieran, en una sucesión de imágenes. Es como si estuviéramos viendo un álbum familiar, pasando las hojas lentamente, tratando de adivinar quiénes fuimos, o quiénes eran los demás. Nos volvemos a encontrar con nuestro yo, aquél que creíamos que nunca habíamos sido, pero que están evidentes allí,  en las fotografías. ¿Eramos así? ¿Siempre fuimos de este modo?

Una vez que nos sentamos frente al escenario, nos sumergimos en las butacas y las voces resuenan especialmente para nosotros. “Nunca te gustaron los lapiceros”, escribe Florencia. Y, experimentamos la sensación de que no nos gusten ninguno de ellos: ni si quiera aquellos que aparecen con una imagen fugaz en nuestra cabeza y desaparecen al finalizar la oración.  “Dormimos en la cocina, fumamos con frío, con hambre, con sueño”. El efecto poético es impresionante: somos parte de la escena. Florencia nos escribe, y los lectores, no solamente la escuchamos, sino que también somos actores de las experiencias que plasma en la hoja.

Más que una poesía de la nostalgia o del dolor, es una mirada irónica de lo que sucedió. Por eso es imposible escapar del reflector, de la voz interpelándonos, haciéndonos cosquillas en las manos.

No sólo somos espectadores de una situación, somos partícipes de todo aquello que está sucediendo en el poema.

Y Florencia nos deja en evidencia ante esa experiencia.

 

 

Puedo decir que no sé pero estoy volviendo.

Que tenés un libro que no quiero que me devuelvas. Dejo mi bici sobre tu bici y las ato con un candado. Es pequeño, es un chiste, cualquiera lo rompe. En la terraza de tu casa todavía no somos felices. El cielo se ve desde ahí verde agua a las siete de la tarde. Muerdo el filtro del pucho rojo, ya para el tercero tu cara anda mejor de lo que pensaba. Tomamos mate en el patio, vino en las escaleras. Los libros de la caja de la pieza tienen olor a cinco años, a llaves, a cuánto hacía que no nos reímos tanto. Lloramos en la biblioteca por Nicaragua, por tu tesis, por el diccionario de Grimal, porque siempre tuviste coronita, por Plauto, por Gustavo, por fuerza natural. Dormimos en la cocina, fumamos con frío, con hambre, con sueño. Nunca estuvo el piso tan cómodo como hoy.

Una lata de duraznos en almíbar, envuelta con cuerina de un color más pálido que el té con leche, editada con graffitis de fibrón negro y canciones que nunca cantamos. Nunca te gustaron los lapiceros. Noventa minutos hablando de lo bien que cogen ustedes dos, que ahora resulta que la extrañás porque con ella acabás mejor, que gracias por haber sido tu oído durante estos setenta y cinco años. No hay nada más incómodo que un corpiño desvencijado. Un bretel curvado en la hebilla no luce bien en ningún hombro. Mirá cómo te baila ese elástico. Mirá qué feo te queda el negro. Mirá qué aburrido ese algodón crudo. Los corpiños fuimos hechos para alcanzar las tetas normativas, y para sostener alguna que otra mentira digna de los placeres de un hipopótamo. Corpiño que sostuvo tesis, coronita, diccionario de Grimal, Plauto y Nicaragua, imaginate. Pero qué bien que acabás con ella. Y cuánto te abrís conmigo. En la terraza de tu casa nunca fuimos felices, pero ya para la hora del vino te aburriste y tiraste el corpiño por el tapial.

El cielo se ve ahora violeta furioso, azul francia. Afuera nuestras bicis arman planes para el futuro. Qué culpa tenían los corpiños. Saco el candado. Es pequeño, es un chiste, cualquiera lo rompe.

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